Argos: El relato de Homero que define la relación humana y el perro, la fidelidad

La historia de “Argos” (el perro de Odiseo), se popularizo a traves de la obra “La Odisea” atribuida a Homero y la cual fue fechada en el siglo VIII A.D.E. aproximadamente (con polémicas vigentes).

Odiseo regresa a lo que fuera una vez su palacio. Han pasado veinte años. Irreconocible tras su viaje, fue dado por muerto y nadie ve en el lo que una vez fue, el rey de Ítaca, vestido con harapos y apariencia de mendigo.

Solo es reconocido por el, Argos, su perro y así nos lo cuenta Homero en su relato original (Odisea, VII, 290-327):

Tal hablaban los dos entre sí cuando vieron un perro
que se hallaba allí echado e irguió su cabeza y orejas:
era Argos, aquel perro de Ulises paciente que él mismo
allá en tiempos crió sin lograr disfrutarlo, pues tuvo
que partir para Troya sagrada. Los jóvenes luego
lo llevaban a cazas de cabras, cervatos y liebres,
mas ya entonces, ausente su dueño, yacía despreciado
sobre un cerro de estiércol de mulas y bueyes que habían
derramado ante el porche hasta tanto viniesen los siervos
y abonasen con ello el extenso jardín. En tal guisa
de miseria cuajado se hallaba el can Argos; con todo,
bien a Ulises notó que hacia él se acercaba y, al punto,
coleando dejó las orejas caer, mas no tuvo
fuerzas ya para alzarse y llegar a su amo. Éste al verlo
desvió su mirada, enjugóse una lágrima, hurtando
prestamente su rostro al porquero, y al cabo le dijo:
“Cosa extraña es, Eumeo, que yazga tal perro en el estiércol:
tiene hermosa figura en verdad, aunque no se me alcanza
si con ella fue también ligero correr o tan sólo
de esa clase de canes de mesa que tienen los hombres
y los príncipes cuidan, pues suelen servirles de ornato”.
Repondístele tu, mayoral de los cerdos, Eumeo:
“Ciertamente ese perro es del hombre que ha muerto allá lejos
y si en cuerpo y en obras hoy fuese lo mismo que era,
cuando Ulises aquí lo dejaba al partirse hacia Troya,
pronto echarás tú mismo de ver su vigor y presteza.
Animal que él siguiese a través de los fondos umbríos
de la selva jamás se le fue, e igual era en rastreo.
Mas ahora su mal le ha vencido: su dueño halló muerte
por extraño país; las mujeres de él no se acuerdan
ni le cuidan; los siervos, si falta el poder de sus amos,
nada quieren hacer ni cumplir con lo justo, que Zeus
el tonante arrebata al varón la mitad de su fuerza
desde el día que en él hace presa la vil servidumbre”.
Tal habló, penetró en el palacio de buena vivienda
y derecho se fue al gran salón donde estaban los nobles
pretendientes: y a Argos sumióle la muerte en sus sombras
no más ver a su dueño de vuelta al vigésimo año.

Esto escribe Ignacio Arellano Ayuso en su blog:

Tullido, lleno de pulgas, casi ciego y ya decrépito, el perro Argos, en el palacio de Ítaca, sufre los desdenes de los pretendientes de Penélope, sin que nadie se ocupe de él ni nadie repare en su humillación, olvidado de todos, agonizando lentamente sobre el estiércol, recordando en vano a su generoso amo, el héroe Ulises, que partió a la guerra de Troya y nunca regresó al hogar. 
 
Nunca han vuelto los días felices de la caza en los bosques, persiguiendo al jabalí y al corzo, saltando los breñales, comiendo de la mano del hombre de los muchos ardides. 
 
Un día extraño el perro Argos tiene una visión: un mendigo harapiento aparece en el umbral del palacio. Sus ropas hieden, su cabellera es una greña de estopa revuelta, su piel proclama en sus arrugas la decadencia del vigor de la lejana juventud. 
 
Como un eco de su propia experiencia el perro observa con sus pupilas impotentes el desprecio que los nobles arrojan sobre el vagabundo, pero algo en el porte del viajero hace que Argos alce sus orejas y menee la cola en un gesto de asombrado reconocimiento. Nadie sino el viejo can ha reconocido a Ulises bajo el miserable disfraz. Veinte años ha esperado el fiel animal este momento. 
 
Su corazón enfermo palpita por última vez: no sabemos si feliz por haber encontrado de nuevo a Ulises, o melancólico por no poder ya reunirse con él, el perro Argos, con el último enderezo de sus orejas, entrega su alma sensitiva al destino de la negra muerte y la ker fatídica. 
 
(Tras este cuadro, al parecer mínimo, situado al margen del pórtico, Homero reanuda la acción de la epopeya, pero Ulises tiene tiempo de verter una lágrima de despedida para Argos, el de la fiel memoria, antes de proceder a la matanza de los pretendientes)

Un poema de Ángel Petisme, titulado “El perro de Ulises” (Entiendase a Ulises en Latin, Odiseo en Griego)

Al regresar a Ítaca después de veinte años,
vestido con ropas de mendigo,
Ulises se enjugó una lágrima.
Argos, lleno de pulgas,
tendido en el estiércol,
alzó la cabeza y las orejas.
Fue el único que reconoció a su dueño.
Así nos pasa a los humanos
frente a la belleza, que nunca es fácil,
que nunca es benigna,
frente a la perfección camuflada y hambrienta.
Como el perro de Ulises
sólo algunos ladramos frente a ella
y movemos el rabo.
Veinte años esperando a su amo
y Argos poco después murió.

 

Fuentes:

Poema de Ángel Petisme del libro “Demolición del Arco Iris”, Editorial Baile del Sol, 2008)
http://elsextantedehevelius.blogspot.com/2010/06/argos-perro-de-ulises-en-un-cuento.html

http://jardindelosclasicos.blogspot.com/2011/07/el-perro-argos-reconoce-ulises-homero.html

http://www.blogmascotas.com/el-perro-de-ulises/

https://www.todoperros.com/perros-de-famosos/argos-el-perro-de-ulises/