Al diablo con la cultura, Herbert Read

“Dije antes que el artista debe desaparecer; que el arte no es una “profesión” en sí, sino la cualidad inherente a toda labor bien realizada. Indiqué también que en una sociedad sana los hombres no tienen conciencia muy acentuada de su “cultura”: crean obras de arte en forma automática, instintiva. Reconocía, al mismo tiempo, la existencia de ciertas “cimas relumbrantes” que se abren paso a través de la diaria rutina hasta alcanzar una universalidad eterna.
Para que en el curso de la evolución de un país surjan estos soleados picos es menester que la sensibilidad estética se encuentre muy difundida, que el pueblo posea “gusto” natural. El gusto se forma gracias a esa continua valoración de la calidad que los hombres de todos los oficios emplean para juzgar las obras del colega. En el seno de la sociedad, esta actitud crítica produce una paulatina captación de la belleza formal que entrañan las obras hechas por la mano del hombre. En ello reside el “gusto”.
¿Es necesaria y saludable tal actitud? No sabría decirlo. En materia de arte, la conciencia de sí es el principio del rebuscamiento, y si ello equivale a la pérdida de la conciencia social en el individuo, si lo conduce a adoptar una actitud de alejamiento, nos hallamos -no lo dudo- ante el principio del fin, ante el primer síntoma de la decadencia social. Pero la crítica puede ser colectiva; puede ser comprensión, por parte de la colectividad, de lo que a ella atañe y de lo que para ella tiene valor. En este sentido la crítica es función necesaria. Es compresión de la calidad, reconocimiento del valor artístico, apreciación y promoción colectivas del arte.
En una sociedad vigorosa la promoción del arte corre por tres cauces: en lo social, por la apreciación; en lo económico, por la protección; y en lo esencial, por la libertad. He aquí las tres bases de que depende la vida del arte: apreciación, protección y libertad.
No es menester que abundemos sobre la necesidad de la apreciación estética. Artistas hay que han vivido y producido sin que su obra fuera apreciada por los contemporáneos; pero los sostenía, los impulsaba, una inconmovible certeza en el reconocimiento ulterior de su genio. Van Gogh, por ejemplo, tenía tanta fe en sí mismo que se contentaba con trabajar para la posteridad, a la cual jamás habría de ver. Hasta los artistas más desdeñados suelen tener un pequeño círculo de admiradores devotos, y a veces bastan dos o tres espíritus dotados de rara percepción para alentar al creador en su actividad. Más aún: todo lleva a mirar con recelo el logro de un éxito sonado en la propia época, ya que todo artista debe crear -como dijo Wordsworth- el gusto que permitirá apreciarlo. Y éste es proceso que lleva tiempo. Para el artista lo esencial es saber que posee un auditorio, saber que su voz no clama en el desierto. En la formación de todo gran artista hay un invisible proceso de toma y daca, de llamada y respuesta, de prueba y experimento, puesto que no le es dable experimentar sobre un cadáver insensible y yerto. “