Sacco y Vanzetti, todos somos inocentes

Cincuenta años después de las ejecuciones de los inmigrantes italianos Sacco y Vanzetti, el Gobernador Dukakis de Massachusetts puso en marcha una comisión para analizar la limpieza del juicio, y la conclusión era que los dos hombres no habían tenido un juicio justo. Esto despertó una tormenta menor en Boston.

Una carta, firmada por John M. Cabot, embajador americano retirado, declaró su “gran indignación” y señaló que la confirmación de la pena de muerte por el Gobernador Fuller se hizo después de una revisión especial por “tres de los más distinguidos ciudadanos de Massachussets – el presidente de Harvard, Lowell, el Presidente del MIT, Stratton y la Juez jubilada Grant”.

Esos tres “distinguidos y respetados ciudadanos” fueron vistos de forma diferente por Heywood Broun que escribió inmediatamente en su columna para el New York World después de que la comisión del Gobernador hizo su informe. Escribió:

No todo prisionero tiene un Presidente de Harvard que aprieta el interruptor para él… Si éste es un linchamiento, por lo menos el vendedor ambulante de pescado y su amigo artesano pueden tener como consuelo para el alma que morirá a manos de hombres en traje de gala o con togas académicas.

Heywood Broun, uno de los periodistas más distinguidos del siglo XX, no continuó como redactor para el New York World.

En el 50 aniversario de la ejecución, el New York Times informó que: “Los planes del Alcalde Beame para proclamar el siguiente martes el día de Sacco y Vanzetti se han cancelado, en un esfuerzo para evitar la controversia, según dijo ayer un portavoz del ayuntamiento”.

Debe haber una buena razón por la que un caso de hace 50 años, ahora de 75, despierta tal emoción. Yo sugiero que es porque hablar sobre Sacco y Vanzetti plantea materias que nos preocupan hoy inevitablemente: nuestro sistema de justicia, la relación entre la fiebre por la guerra y las libertades civiles, y la mayor preocupación de todos, la idea de anarquismo: la eliminación de límites nacionales y por consiguiente de la guerra, la eliminación de la pobreza, y la creación de una democracia plena.

El caso de Sacco y Vanzetti reveló, en sus condiciones más severas que las palabras nobles que se inscribieron sobre nuestros palacios de justicia, “Justicia Igual ante la Ley”, siempre han sido una mentira. Esos dos hombres, el vendedor ambulante de pez y el zapatero, no podrían conseguir justicia en el sistema americano, porque la justicia no mide igual a pobres y a ricos, a nacionales o a extranjeros, al ortodoxo y al radical, al blanco y la persona de color. Y mientras la injusticia se da más sutilmente y de maneras más intrincadas hoy que en las circunstancias crudas de Sacco y Vanzetti, la esencia se mantiene igual.

En su caso, la injusticia era flagrante. Fueron juzgados por robo y asesinato, pero en las mentes, y en la conducta del fiscal, el juez, y el jurado, lo importante de ellos estaba en que eran, como Upton Sinclair señaló en su notable novela Boston, “wops”, los extranjeros, trabajadores pobres, radicales.

Aquí va una muestra del interrogatorio policial:

Policía: ¿es usted un ciudadano?
Sacco: No.
Policía: ¿Usted es comunista?
Sacco: No.
Policía: ¿anarquista?
Sacco: No.
Policía: ¿Usted cree en nuestro gobierno?
Sacco: Sí; aunque algunas cosas me gustan diferentes.

¿Qué tenían estas preguntas que ver con el robo de una fábrica de zapatos en Braintree Sur, Massachusetts, y el tiroteo de un pagador y un guardia?

Sacco mentía, claro. No, yo no soy un comunista. No, yo no soy un anarquista. ¿Por qué mentir a la policía? ¿Por qué un judío mentiría a la Gestapo? ¿Por qué un negro en África del Sur mentiría a sus interrogadores? ¿Por qué un disidente en la Rusia soviética mentiría a la policía secreta? Porque todos saben que no hay justicia para ellos.

¿Ha habido justicia en el sistema americano para los pobres, la persona de color, el radical? Cuando se sentenciaron los ocho anarquistas de Chicago a muerte después de los altercados de Haymarket de 1886, no era porque había alguna prueba de la conexión entre ellos y la bomba tirada en medio de la policía; no había ninguna evidencia. Era porque ellos eran líderes del movimiento anarquista en Chicago.

La fábrica y los complices silenciosos

¿Cuándo Eugene Debs y mil otros fueron enviados a la prisión durante el Primera Guerra Mundial, bajo la Ley de Espionaje, fue porque ellos eran culpables de espionaje? Difícilmente. Eran socialistas que hablaron contra la guerra. Confirmando la sentencia de 10 años de Debs, el juez de la Suprema Corte de Justicia, Oliver Wendell Holmes dijo claro por qué Debs debía ir a la prisión. Él citó del discurso de Debs: “La clase de los amos siempre ha declarado las guerras, la clase oprimida siempre ha luchado las batallas”.

Holmes, admirado como uno de nuestros grandes juristas liberales, dejó claro los límites del liberalismo, los límites puestos por un nacionalismo vindicativo. Después de que todas las apelaciones de Sacco y Vanzetti se agotaron, el caso llegó ante Holmes, cuando estaba en la Corte Suprema. Se negó a revisar el caso, mientras permitía que un veredicto así se mantuviera.

En nuestro tiempo, Ethel y Julius Rosenberg fueron enviados a la silla eléctrica. ¿Era porque ellos eran culpables más allá de una duda razonable de pasar los secretos atómicos a la Unión Soviética? ¿O era porque ellos eran comunistas, como el fiscal dejó claro, con la aprobación del juez? ¿Era porque el país estaba en medio de la histeria anti-comunista, los comunistas habían tomado el poder en China, había una guerra en Corea, y el peso de todo ello podía hacerse recaer en dos comunistas americanos?

¿Por qué George Jackson fue sentenciado a diez años en la prisión, en California, por un robo de 70 dólares, y después disparado a muerte por guardias? ¿Era porque él era pobre, negro y radical?

¿Puede un musulmán hoy, en la atmósfera de la “guerra del terror “, pedir igualdad de justicia ante la ley? ¿Por qué mi vecino de arriba, un brasileño de piel oscura que podría parecerse a un musulmán del medio oriente, fue sacado de su coche por la policía, aunque él no había violado ninguna norma, y fue interrogado y humillado?

¿Por qué de los dos millones de personas que están en las cárceles americanas y prisiones, y seis millones de personas bajo libertad provisional, o vigilancia, desproporcionadamente la mayoría son personas de color, y pobres? Un estudio mostró que el 70% de las personas en las prisiones estatales de Nueva York salieron de siete barrios donde reina la pobreza y la desesperación.

La injusticia de clase se produce todas las décadas, todos los siglos de nuestra historia. En medio del juicio de Sacco y Vanzetti, un hombre adinerado en el pueblo de Milton, al sur de Boston, disparó y mató a un hombre que estaba recogiendo leña en su propiedad. Se pasó ocho días en la cárcel, fue liberado bajo fianza, y no se le persiguió. El fiscal del distrito lo llamó “el homicidio justificable”. Una ley para los ricos, otra para los pobres -una característica persistente de nuestro sistema de justicia.

Pero ser pobre no era el crimen principal de Sacco y Vanzetti. Ellos eran italianos, inmigrantes, y anarquistas. Habían pasado menos de dos años del final de la Primera Guerra Mundial. Ellos habían protestado contra la guerra. Se habían negado a ser reclutados. Ellos vieron la montaña de histeria contra los radicales y extranjeros, observaron las correrías llevadas a cabo por los agentes del Fiscal General Palmer en el Departamento de Justicia, que irrumpían en casas en la mitad de la noche sin garantías para las personas incomunicadas.

En Boston se arrestaron 500 personas, fueron encadenados juntos, y marcharon a través de las calles. Luigi Galleani, editor del periódico anarquista Cronaca Sovversiva al que Sacco y Vanzetti se subscribieron, fue detenido en Boston y rápidamente deportado.

Algo más grave pasó. Un anarquista compañero de Sacco y Vanzetti, un tipógrafo llamado Andrea Salsedo que vivía en Nueva York fue secuestrado por los miembros del FBI (uso la palabra “secuestrado” para describir la detención ilegal de una persona), y retenido en la planta 14 de las oficinas del FBI del Edificio de Park Row. No le permitieron llamar a su familia, amigos, o a un abogado, y fue interrogado y agredido, según un prisionero compañero. Durante la octava semana de su encarcelamiento, el 3 de mayo de 1920, el cuerpo de Salsedo, fue encontrado en el pavimento cerca del Edificio de Park Row, y el FBI anunció que él se había suicidado saltando de la ventana de la habitación en que estaba custodiado. Fue dos días antes del arresto de Sacco y Vanzetti.

Hoy sabemos, como resultado de los informes del congreso en 1975, que por medio del programa del FBI COINTELPRO, agentes del FBI irrumpían en casas y oficinas, llevaban a cabo escuchas telefónicas ilegales, estaban envueltos en actos de violencia al punto de asesinato, y colaboraron con la policía de Chicago en la matanza de dos líderes de los Panteras Negras en 1969. El FBI y la CIA han violado la ley una y otra vez. No hay ningún castigo para ellos.

Ha habido pocos motivos para tener fe que se protegerían las libertades civiles de las personas en este país en la atmósfera de histeria que siguió el 11 S y continúa hasta el momento. En casa ha habido redadas contra inmigrantes, detenciones indefinidas, deportaciones, y espionaje doméstico no autorizado. En el extranjero se han dado matanzas extra-judiciales, tortura, bombardeos, guerra, y ocupaciones militares.

Igualmente, el juicio de Sacco y Vanzetti empezó inmediatamente después del Día del Memorial, un año y un medio después de la orgía de muerte y patriotismo que fue la Primera Guerra Mundial, cuando los periódicos todavía vibraban con el ruido de tambores y la retórica patriotera.

A los doce días del juicio, la prensa informó que se habían repatriado los cuerpos de tres soldados de los campos de batalla de Francia a la ciudad de Brockton, y que el pueblo entero había participado en una ceremonia patriótica. Todo esto estaba en periódicos que los miembros del jurado podían leer.

Sacco fue interrogado por el fiscal Katzmann:

Pregunta: ¿Amaba usted este país en la última semana de mayo de 1917?
Sacco: Me es difícil responder en una sola palabra, Sr. Katzmann.
Pregunta: Hay dos palabras que usted puede usar, Sr. Sacco, sí o no. ¿Cual es?
Sacco: Sí
Pregunta: ¿Y para mostrar su amor por los Estados Unidos de América cuándo estaba a punto de ser llamado como soldado, usted corrió a México?

Al principio del juicio, el Juez Thayer (quién, hablando a un conocido en una partida de golf, se había referido a los demandados durante el juicio como “esos bastardos anarquistas”) dijo al jurado: “señores, ustedes han sido convocados para realizar con el mismo espíritu de patriotismo, valor, y devoción su deber como lo hicieron nuestros soldados”.

Las emociones evocadas por una bomba que explotó en la casa del Fiscal General Palmer en tiempo de guerra -como las emociones liberadas por la violencia del 11 S- crearon una atmósfera rara en la que se vieron comprometidas las libertades civiles.

Sacco y Vanzetti entendieron que los argumentos legales que sus abogados pudieran proponer no prevalecerían contra la realidad de la injusticia de clase. Sacco dijo a la corte, en la sentencia: “Yo sé que la sentencia estará entre dos clases, la clase oprimida y el clase rica…Es por eso por lo qué yo estoy aquí hoy en este banco, por ser de la clase oprimida”.

Ese punto de vista parece dogmático, simplista. No todas las decisiones de la corte se explican por él. Pero, faltando una teoría que explique todos los casos, el punto de vista de Sacco es ciertamente una mejor buena guía para entender el sistema legal que otro que asume una contienda entre iguales basada en la búsqueda objetiva de la verdad. Vanzetti supo que los argumentos legales no los salvarían. A menos que un millón de americanos se organizaran, él y su amigo Sacco morirían.

Llamamiento al boicot contra productos del “Moloch yanqui” y diversos actos de protesta en todo el país.

No palabras, sino lucha. No súplicas, sino demandas. No peticiones al gobernador, sino tomas de fábricas. No lubricar la maquinaria de un sistema supuestamente justo para hacerlo trabajar bien, sino una huelga general para llegar a parar las máquinas.

Eso nunca pasó. Miles se manifestaron, marcharon, protestaron, no sólo en Nueva York, Boston, Chicago, San Francisco, sino también en Londres, París, Buenos Aires o África del Sur. No era bastante. En la noche de su ejecución, miles se manifestaron en Charlestown, pero fueron mantenidos lejos de la prisión por una multitud de policía. Se arrestaron a los manifestantes. Había ametralladoras en las azoteas y grandes reflectores barriendo la escena. Una gran muchedumbre se congregó en Union Square el 23 de agosto de 1927.

Después de medianoche, las luces de la prisión oscurecieron y los dos hombres fueron electrocutados. El New York World describió la escena: “La muchedumbre respondió con un sollozo gigante. Las mujeres se desmayaron en quince o veinte lugares. Otros, también superados, se reprimieron y escondieron las cabezas entre sus manos. Los hombres se apoyaban unos en otros y lloraban”.

Su último crimen era su anarquismo, una idea que hoy todavía nos sobresalta como un relámpago debido a su verdad esencial: todos somos uno, los límites y los odios nacionales deben desaparecer, la guerra es intolerable, deben compartirse los frutos de la tierra, y sólo a través de la lucha organizada contra la autoridad, puede llegar un mundo así.

Llamamiento al boicot contra productos del “Moloch yanqui” y diversos actos de protesta en todo el país.

Joan Baez & Ennio Morricone – Balada de Sacco y Vanzetti

Lo que nos ha llegado a nosotros hoy del caso de Sacco y Vanzetti no es sólo tragedia, sino también inspiración. Su inglés no era perfecto, pero cuando ellos hablaron parecía poesía. Vanzetti dijo de su amigo Sacco:

Sacco es un corazón, una fe, un carácter, un hombre; un amante del hombre de naturaleza y de la humanidad. Un hombre que dio todo, que sacrifica todo a la causa de libertad y a su amor por la humanidad: el dinero, el descanso, la ambición mundana, su propia esposa, sus niños, él y su propia vida…. Oh sí, yo puedo ser más inteligente, como algunos han dicho, yo soy mejor hablando que él, pero muchas, muchas veces, oyendo su corazón expresar una fe sublime, considerando su sacrificio supremo, recordando su heroísmo, yo me sentía pequeño, pequeño en presencia de su grandeza, y compelido a secar de mis ojos las lágrimas, apagar los latidos de mi corazón que late en mi garganta para no llorar ante él- este hombre fue llamado jefe, asesino y condenado.

Lo peor de todo, eran anarquistas, lo que significa que tenían alguna noción loca de democracia plena en la que ni lo extranjero ni la pobreza existiría, y pensaban que sin estas provocaciones, la guerra entre las naciones acabaría para siempre. Pero para ello habría que luchar contra el rico y sus riquezas ser confiscadas. Ese ideal anarquista es un crimen mucho peor que robar una nómina, y por ello la historia de Sacco y Vanzetti no puede evocarse sin gran ansiedad.

Sacco escribió a su hijo Dante: “Así que, hijo, en lugar de llorar, sé fuerte, para poder confortar a tu madre… llévala de paseo por el campo, recogiendo flores salvajes aquí y allí, descansando bajo la sombra de los árboles… Pero siempre recuerda, Dante, en esta obra de felicidad, no uses todo para ti sólo…ayuda a los perseguidos y a las víctimas porque ellos son tus buenos amigos… En esta lucha por la vida, encontraras más amor y serás amado”.

Sí, era su anarquismo, su amor por la humanidad que los condenó. Cuando Vanzetti fue arrestado, él tenía una octavilla en bolsillo anunciando un mitin cinco días después. Es una hoja impresa que podría distribuirse hoy, por el mundo, tan apropiado ahora como lo era el día de su arresto. Decía:

“Has luchado en todas las guerras. Has trabajado para todos los capitalistas. Has vagado por todos los países. ¿Has recogido la mies y los frutos de tu trabajo, el precio de tus victorias? ¿El pasado te conforta? ¿El presente te sonríe? ¿El futuro te promete algo? ¿Has encontrado un trozo de tierra dónde puedes vivir y puedes morir como un ser humano? Sobre estas preguntas, estos argumentos, y estos temas, la lucha por la existencia, hablará Bartolomeo Vanzetti.”

Ese mitin no tuvo lugar. Pero su espíritu todavía existe hoy en las personas que creen, aman y se esfuerzan en todo el mundo.

(*) Howard Zinn es coautor, junto con Anthony Arnove, de Voices of a People’s History of the United States. Su libro más reciente es A Power Governmets Cannot Suppress (Un poder que los gobiernos no pueden suprimir).

 

Las cartas

A los compañeros, a los amigos y a los que siguieron nuestro vía crucis.

18 de octubre de 1921.
Cárcel de Dedham, Mass.

Hemos sido erróneamente condenados por un atroz asesinato que otras personas cometieron. El crimen es completamente extraño a la lucha de los trabajadores para mejorar su situación.

No tenemos miedo a la muerte.

Todo trabajador, como siervo del capitalismo, afronta millones de veces la muerte en el cumplimiento de sus tareas. No tememos la muerte, pero nos rebelamos angustiados al pensar que debemos morir por un delito que no hemos cometido, por un hecho que no tiene ningún significado social. Desde los primeros años de nuestra juventud hasta el momento de la detención dimos nuestro tiempo, nuestras fatigas y los medios que ganábamos penosamente a la educación de los trabajadores, preparándolos para el día que el proletariado sepa emanciparse.

No somos vulgares malhechores que robamos y matamos. Ningún hombre en condiciones mentales normales comete un asesinato. Los delitos de violencia son la demostración precisa de que la actual sociedad está en condiciones anormales que determinan esas formas especiales de delincuencia.

No es preciso aquí repetir la historia de nuestro proceso y de nuestra condena. Una red diabólica de mentiras fue construída en nuestro daño y algunos inocentes actos nuestros fueron hábilmente falseados por la mentalidad insidiosa de aquellos que en los defensores del trabajo, ven solamente enemigos de la sociedad.

El capitalismo americano no llega a comprender que un trabajador pueda ser un activo luchador contra la explotación y al mismo tiempo tener una inteligencia y un corazón que repudien los hechos de violencia. El complot tuvo el último retoque al ponerse en evidencia nuestra fe en la justicia de las reivindicaciones de los trabajadores. Esta razón fue suficiente para condenarnos.

Si vamos a la silla eléctrica iremos, no porque se haya demostrado que somos culpables del delito que se nos atribuye, sino por nuestros ideales. E iremos permaneciendo fieles a nuestros principios, los cuales, si hoy son rechazados y combatidos, mañana dominarán la vida.

Si morimos, moriremos con la convicción de que los hómbres de vanguardia deben morir siempre. Deseamos, mientras tanto, que nuestra muerte no ocurra en vano y que vosotros, trabajadores que hacéis posible la vida de la sociedad moderna, haréis que nuestro sacrificio sea más elocuente y útil al progreso social que lo sería nuestra vida.

No queremos morir inútilmente.

Si hemos de morir, haced al menos que nuestro sacrificio contribuya a abrir el camino a un mundo en el que no existan más las clases dominantes, sofocando las aspiraciones de la libertad.

Nicolás Sacco
Bartolomé Vanzetti

Fragmento

Dedham, 1921.

… Ahora es inútil hablar de la maquinación infame en que hemos sido envueltos … Ahora se esclareció nuestra inocencia. Y el procurador Katzman sabe también que somos inocentes, que no somos vulgares asesinos. Pero sabe igualmente que somos italianos y además, subversivos … ¡He ahí por qué se nos quiere matar! Si debo morir por aquella fe, por aquél noble y sublime ideal de justicia, fraternidad y libertad social que abracé espontáneamente, que defendí y propagué siempre por todas partes, educándome e instruyéndome, puedo gritar bien alto que muero altivo y orgulloso …

¡Valor, verdugo! Tú, en nosotros, destruirás dos hombres, pero no el pensamiento. El pensamiento vuela lejos, atraviesa todas las barreras de los prejuicios seculares de la sociedad corrompida, marcha sin tregua más allá de los mares y de las fronteras, a educar y crear una más decidida juventud rebelde, que sabrá dar el último golpe de gracia a esta sociedad, sepultándola bajo sus propias ruinas …

Nicolás Sacco

A su hermano Sabino

Dedham, noviembre de 1921.

Mi querido hermano:

Puedes imaginarte qué alegría tengo cada vez que recibo una de tus cartas a través de los horrores de la infame bastilla de la libre América.

Tu carta está llena de ansiedad, de valor y de ese sentimiento de humanidad que surge, no solo de los afectos fraternales, sino de nuestra gran fe recíproca.

Estoy contento al saber que los camaradas y amigos de Italia se agitan en defensa de dos inocentes, culpables sólo de amar la justicia y la humanidad, y deseo que sus esfuerzos sean coronados por el éxito.

No creo en la justicia corrompida de América, pero dirijo el pensamiento hacia el proletariado del mundo y hacia los buenos camaradas. De ellos solo podremos esperar la libertad.

Aquí los camaradas de América trabajan por todas partes y luchan sin descanso de suerte que después del veredicto que sacudió al mundo entero nació una profunda indignación en todos los corazones que alientan sentimientos de justicia y de libertad.

Ayer he recibido la visita de un compañero del Comité de defensa de Boston: Hemos hablado un par de horas y me ha dicho que nuestros abogados han ganado dos probabilidades de obtener la revisión del proceso. Así, el 1 de enero, el juez dictaminará u ordenará la revisión.

En caso negativo, debemos apelar a la Corte Suprema del Estado de Massachusetts.

Lucharemos hasta que el verdugo nos lleve a la silla fatal y que nuestro último grito será para la anarquía. Sí, por nuestra fe sabremos morir como supieron morir todos los mártires del pensamiento libre. Pero no por un crimen vulgar que no hemos cometido.

Un beso infinito a todos.

Tu hermano.

Nicolás Sacco

A L.D. Abbott, New York

Dedham, Mass. 1926.

No abrigo ninguna gran esperanza en mi libertad personal. El proletariado revolucionario de Europa ha sido abatido por la reacción. Debemos, pues, abandonamos a la suerte. Pero de la reacción en Massachusetts no puedo esperar nada y por esto debo estar dispuesto a una muerte infame.

La razón por la cual no creo que se nos conceda la revisión del proceso es que las altas autoridades que nos la rehusarán saben exactamente que saldríamos ganando nosotros si el proceso se revisara. Para ellos sería una confesión de que han cometido con nosotros una injusticia. No sólo saldríamos en libertad, sino que su iniquidad se revelaría al mundo en el caso de un nuevo proceso. Además, para nuestros asesinos hay algo más peligroso que el desenmascaramiento, y es la libertad. Hemos atravesado por todo dolor, por todo peligro, por toda preocupación, por todo temor; hemos soportado, firme y dignamente, sin vacilaciones, una lucha a muerte de siete años. No hemos renegados de nuestra fe, no hemos demostrado ningún arrepentimiento sobre nuestra herejía y no hemos abandonado nuestras concepciones. Hemos permanecido anarquistas; no nos hemos arrojado a los pies de nuestros verdugos; les hemos mirado frente a frente y les hemos forzado a bajar la cabeza.

¿Qué esperaría un asesino capaz de hacer lo que el juez Thayer ha hecho con nosotros, de sus víctimas, si éstas están libres?

Por estas razones se nos ha rehusado la revisión del proceso, y se nos rehusará todo lo demas. Nuestros enemigos saben que este es el único camino para terminar con nosotros y suprimirnos. Y yo me asombro de que ninguno de aquellos que hablan de este caso hayan mencionado ambas razones. No deberían ocultarlo, sino expresarlo altamente.

Saludos a todos los amigos de New York de mi parte.

Bartolomé Vanzetti

Por qué no firme la petición al gobernador Fuller

Nicolás Sacco

Queridos compañeros y amigos:

La mayor parte de las veces, según los casos, el silencio y la tolerancia valen un tesoro, pero a veces las cosas son de tal modo repugnantes que revuelven hasta el estómago del más prudente. Por eso no se puede menos de tomar la pluma para aclarar la realidad de los hechos, que son muy diversos a como la prensa azuzadora dijo respecto de mi actitud al rehusarme a firmar la petición enviada al gobernador Fuller.

He aquí como están las cosas: Dos días después de mi negativa a firmar la petición para un nuevo recurso legal, invocando una comisión imparcial para una investigación sobre todas las fases del proceso, vino a verme Mr. Ehrmann, el nuevo asistente abogado de Mr. Thompson, junto con el doctor Mayerson, psiquiatra de Boston, es decir el médico de que el Comité de defensa se ha servido siempre en estos años de peripecias de nuestra vida, y a quien por el buen trabajo prestado a la defensa, el Estado de Massachussetts lo recompensó con una bagatela.

Pocos mlnutos antes llegó mi compañera y Feliciani precedidos del abogado Mr. Ehrmann y el doctor Meyerson.

Apenas vi al doctor comprendí el asunto y sin quererlo, rozó un poco mi susceptibilidad. Después de cambiado el saludo y estrechado las manos, nos sentamos a una mesita. El interrogatorio giró sobre lo habitual: por qué me rehusé a firmar la petición, de que hablé extensamente en una carta anterior enviada a la prensa, con el deseo de verla publicada dentro de unos días.

Mr. Ehrmann fue el primero en interrogarme si nuestra causa había sido juzgada antes o después del juez Thayer, a lo que respondí que sí, y confieso que hice mal en no haberle respondido diferentemente, es decir, que tanto en la primera como en la segunda negativa de la Corte Suprema, los jueces no hicieron más que aprobar la injusticia de Thayer y no han estudiado nunca los hechos y las nuevas evidencias del proceso, desde el punto de vista jurídico.

Pero Mr. Ehrmann fue muy prudente al no explicarme eso, porque quería llegar al objetivo que se habia propuesto, es decir, que yo no podía tener conocimiento de las cosas, puesto que no disfrutaba de mis plenas facultades mentales; pero hasta aquí no llegó, pues si se hubiese atrevido le habría respondido esto: Que si hace dos años, en nuestra primera apelación a la Corte Suprema, hubiesen colgado al juez Thayer en el primer poste del alumbrado, ningún otro juez nos habría rehusado un nuevo proceso; a estas horas Sacco y Vanzetti estarían libres.

Volvamos al doctor Mayerson, que después de haber preguntado otras varias cosas, me dijo: Dígame, Mr. Sacco, ¿cree usted que no firmando esta petición el pueblo podría salvarle?

– No sé lo que el pueblo puede hacer mañana -respondí- pero tengo fe en los buenos amigos y compañeros que en la lucha de estos años pasados nos dieron vida; y las experiencias de estos siete años me enseñan a no firmar ningún otro papel legal.

– Ahora dígame, Mr. Sacco, continuó el doctor Mayerson; usted reconoce todas estas instituciones universitarias, políticas, religiosas; ¿considera usted a profesores, banqueros y políticos que ocupan hoy altos cargos en la nación, como enemigos o amigos suyos?

– ¿Cómo he de juzgarlos enemigos míos cuando hoy inician comicios de protesta y nos ayudan financieramente? Después de todo también ellos tienen un corazón. En mi vida he odiado a nadie; pero he defendido siempre al más débil, aun cuando de parte del más fuerte hubiese encontrado a mi padre; tanto es así -continué diciendo-, que con el patrón de la fábrica donde trabajé varios años éramos buenos amigos y a menudo le llevaba a su casa platos humeantes de tallarines. En cambio de eso él no me hacía nunca pagar los zapatos que compraba para mí y para mi familia; y … comprenda … para tantos otros pobres niños y madres descalzos y harapientos que sufrían en la miseria y en el dolor en el invierno rígido, sentía la necesidad de llevar a menudo los buenos tallarines de mi Rosina. Pero, dejándole a él a un lado, conozco por experiencia y por la historia de todos los siglos, la codicia y la tiranía de todos los amos, pues si en Los Malos Pastores O. Mirbeau dijo que también la burguesía tiene un corazón, demostró que ese corazón se conmueve sólo cuando los soldados cosacos han disparado sobre la muchedumbre inerme de los trabajadores que reclaman un pan menos duro; donde, entre los cadáveres de las madres y esposas de los trabajadores cae también el hijo del industrial; mientras que dos horas antes el patrón habría podido conservar la vida de su hijo y evitar toda aquella masacre de inocentes, concediéndoles un pan más para poder dar vida a los niños mal alimentados. Pero no, ha querido antes la masacre, para gritar después a la multitud de los huelguistas, enloquecido por el dolor: ¿dónde está mi hijo? ¡devolvedme a mi hijo y tomad todas mis riquezas! Pero, ¡ay! era demasiado tarde, su hijo había caído bajo el plomo de los cosacos a quienes el padre había ordenado hacer fuego sobre la muchedumbre inerme e inocente.

Volviendo sobre el argumento, el doctor y Mr. Fhrmann me preguntaron otras cosas insignificantes que yo no creo útil reproducir; después trataron por todos los medios de herir mi sensibilidad. Pero me mantuve firme para no darles la oportunidad de decir que estaba … Sin embargo, he aquí qué relato od usum delphini hizo el doctor Mayerson al gobernador Fuller, publicado en toda la prensa del 5 de mayo. He aquí en parte lo que dice en los puntos más inverosímiles que tomo del Boston Herald:

Sacco no está loco. Sin embargo demuestra una evidencia de mentalidad anormal, que caracteriza una posición extremadamente fanática en su presente situación. Su estado de ánimo es hóstil a la firma de todo otro papel legal en su defensa.

Más abajo dice:

Sí, no hay duda que siete años de prisión sin ninguna ocupación y preocupación por su situación, han contribuido a reducirlo a un estado anormal, por lo cual el fanatismo ha intensificado en él la obsesión. A pesar de que no esté loco, su inaccesibilidad a todos los motivos, sus reacciones emocionales son patológicas. Su mente ha perdido la flexibilidad de que tiene necesidad el hombre para normalizar su situación.

Sin duda, después de esta falsa declaración hecha al gobernador Fuller, la prensa ha hecho su comentario, ocultando el pensamiento y la realidad de los hechos con el más bajo modo de ver y según sus intereses miserables.

El gran filósofo A. Schopenhauer dice que el Estado es una obra maestra, es verdad, porque el uno ayuda al otro a sostenerse en pie para regir la pirámide nefasta que oprime y consume hasta los huesos al pobre trabajador. Es la historia de todos los siglos pasados y del presente, del humilde hasta el más alto educador intelectual. Cuando la escuela del uno y la acción del otro han perjudicado u obstaculizado las cosas o la función del Estado, éste, después de haberlos fusilado o crucificado o sepultado vivos por largos años en una tumba, trata de herirlos cun el arte de la ignominia, de la infamia, llamándoles fanáticos, locos, criminales.

Os saludo hoy, como mañana, desde el cadalso, os enviaré el último beso.

Hoy son dos humildes trabajadores los que han empeñado la lucha; mañana serán otros los que ocuparán nuestro puesto; los habrá siempre, y frente a la tumba de los nobles caídos gritarán: ¡Abajo los que reniegan de todas las libertades y del bienestar de la humanidad oprimida!

Parece que el imperio del oro del mundo estrellado tenga miedo de ahorcarnos. Pero no es así. La sombra de estas dos ruinas no lo perturba en ningún modo, porque sabe por la historia que el pueblo ama con extrema pasión al puro, al más límpido, al hermano sincero de la miseria y del dolor que estuvo a su lado en la lucha de ayer y de hoy. Sabe también que la rebelión t!emenda de ese pueblo laborioso haría caer en el abismo -fácilmente- la obra maestra de la pirámide de la tiranía y de la miseria.

Y es claro que hoy esos señores se arrepienten de no haberse desembarazado ayer de nosotros con un tiro de revólver, como armaron la mano del sicario asesino que mató al compañero Kurt G. Wilckens en la prisión de la Argentina.

Pero sospecho de todo, a despecho del feroz Thayer y del fiscal Wilbur, unidos a sus colegas -dignos compadres de Katzmann- que desde el año pasado claman nuestra inmediata ejecución, la agitación se intensifica en todas partes en los Estados de la Unión. De las minas a las fábricas, de los astilleros y de donde quiera que haya un rebelde -de aquí y del otro lado del Atlántico-. De las ciudades de la Argentina, de Francia, de México, de Suiza, etc., llegan peticiones de apelación, cartas de protesta de millares de trabajadores, de ciudadanos respetables, de abogados de fama mundial, de ilustres personajes de la ciencia, de la literatura, de profesores, instituciones. universitarias, políticas y religiosas de aquí y del resto del mundo llegan a montones todos los días al gobernador Fuller en favor de nuestra liberación inmediata.

Todo eso es de buen augurio, ciertamente; y yo que he tenido fe siempre en los buenos y en los trabajadores del brazo y del pensamiento, pienso en una insurrección general que nos arrancará de las garras feroces de los barones de Massachusetts.

Al contrario, respecto de esto no hay que hacerse ilusiones, pues si hoy nos encontramos al borde de la tumba es porque hemos sido demasiado ilusos en estos últimos años; y yo que he subido uno a uno todos los peldaños de este doloroso calvario, tengo la firme convicción que el gobernador nos negará todo. Tanto es así que hasta hoy el gobernador Fuller, después de todas las cartas de protesta, de las Peticiones y de los llamados enviados -incluso el del Comité de defensa y la última enviada y firmada por Vanzzetti- solicitando una comisión de investigación sobre el caso, no ha iniciado ningún trabajo; y no sólo eso, sino que se ha rehusado a hacer ningún comentario o declaración relativa a nuestro proceso.

Muchas Peticiones piden una postergación de nuestra ejecución, y muchas otras una conmutación de la Pena. Sobre esto último, si el gobernador es forzado por las circunstancias y por el miedo, nos conmutará la sentencia por prisión perpetua para desembarazarse así de nosotros. Pero no por eso cesará la lucha.

¡Valor, hermanos! Otros, mañana, ocuparán nuestro puesto, y la esperanza y la confianza en nuestra fe que habéis demostrado en la brecha en estos siete años de lucha, está hoy en nosotros y nos sonreirá en el abrazo de nuestros queridos compañeros y en la lucha de mañana.

En los acontecimientos de la lucha emprendida, tened fe en vosotros, pues en el sendero luminoso se unirán a vosotros otros hermanos para la lucha santa, hasta la meta de la victoria.

Por todos los caídos, por todas las víctimas de los sin patria perseguidos, que se conmueva la protesta humana y en la revUelta audaz, en el combate por la liberación, suene a las puertas de los lupanares sedientos de sangre.

Os saludo hoy como estoy seguro de enviaros mañana desde el cadalso el último beso de despedida.

Con fe en vosotros, por la anarquía.

Cárcel de Dedham, 13 de mayo de 1927.

Nicolás Sacco

A un compañero italiano en París

Cárcel de Dedham, 14 de mayo de 1927

Yo sé que las autoridades capitalistas nos concederán todo lo que no puedan negarnos; pero ni más ni menos.

A la solidaridad heroica de los amigos, de los compañeros y del proletariado revolucionario del mundo, a la solidaridad de los pueblos es a lo que debemos el estar todavía vivos. Y de esa solidaridad dependerá hasta el fin nuestra suerte.

¡Cuánta sangre nuestra ha derramado, desde los mártires de Chicago en adelante, el capitalismo, o más precisamente la reacción norteamericanal! Pero Thayer está sano e incólume, pero todos los perjuros en nuestros procesos están sanos e incólumes, como también los jurados, y Katzmann, y Williams, y el esbirro Stewart, el brazo derecho de Katzmann.

No se ha tocado un cabello a uno solo de esos asesinos.

En Chicago el elemento del delito apuñala jueces y ametralla representantes de la acusación pública; en New York un testigo de la acusación que debía testimoniar en un proceso contra elementos de la mala vida, fue acribillado a tiros mientras asistía a una comida dada en su honor; y los verdaderos y propios culpables se escurren, por la parte abierta de la cofia, de las garras de la llamada justicia.

Pero el puñado de sanguinarios bestializados que reclaman nuestra sangre al gobernador Fuller, no son alcanzados por nuestro terrorismo.

Dean Wigmore, amigo personal del juez Thayer, llega a decir que nosotros, anarquistas, y nuestros compañeros, pertenecemos a la Camorra napolitana, a la Maffia siciliana, a la Mano negra española y a no sé qué otras asociaciones criminales de la India y de otros lugares aun, y habla de la tarea realizada por Thayer en una atmósfera de violencia cultivada por nosotros, e invoca para nosotros la hoguera.

Dejo a los estudiosos la misión de decir que los anarquistas y el anarquismo no tienen nada de común con las asociaciones criminales secretas; yo constato simplemente la verdad del proverbio: El que se hace oveja, lo come el lobo, y después lo afrenta.

Afirmo una vez más que no confío más que en los amigos, en los compañeros, en el proletariado revolucionario internacional, la victoria de esta causa. A ellos solos les debemos la vida, a ellos solos deberemos el que el verdugo no nos tenga en sus manos.

Sólo vosotros podéis salvarnos y vengar nuestra sangre y nuestra muerte.

Y si morimos, con dos cadáveres más la reacción no podrá detener la historia y el porvenir, si vosotros sabéis, si vosotros deducís la enseñanza y la determinación.

Thomas Jefferson, que sabía lo que decía, dijo que sólo el miedo tiene influencia sobre el corazón de los tiranos que a nada temen más que al castigo. Y Thomas Paine nos enseña que es exceso de locura esperar piedad donde se niega justicia. La piedad misma, cuando su objetivo es de guerra, se convierte en una insidia de guerra.

¡Ay si no fuésemos vengados! Seguros por experiencia de la impunidad, los enemigos de la libertad no conocerían ya límite alguno …

He llegado al punto que impone el silencio.

Saludo ardientemente a todos los compañeros, … también en nombre de Nicolás. Con saludo fraternal, tuyo:

Bartolomé Vanzetti


A los trabajadores argentinos

Cárcel de Dedham, Mass., 1927

Nosotros deseamos decir a los compañeros, a los amigos, al pueblo argentino, que sabemos cuán grande, sublime y heroica es su solidaridad hacia nosotros.

Sabemos que habéis dado el pan y el reposo vuestro, vuestra sangre y vuestra libertad por nosotros. Sabemos que hubo quien dió su vida por nosotros.

Vuestra solidaridad generosa nos reafirma en la fe anárquica y humana. Vuestro sacrificio heroico, nos hace sangrar el corazón, mas nos sostiene el ánimo dándonos la certeza de una victoria final del proletariado.

Nosotros saludamos a quien lucha por nosotros; a quien está preso por nosotros; a quien ha muerto por nosotros.

Compañeros: amigos, Pueblo de la Argentina: nosotros morimos con vosotros en el corazón.

Y que ninguno de vosotros se desaliente, que ninguno vacile, que ninguno pierda el ánimo, cuando os llegue la triste nueva de nuestra muerte; que ella no os espante.

La vía de la libertad, que es la vía del progreso y de la justicia, está empañada de sangre, sembrada de fosas. Solo los fuertes la pueden recorrer. Vosotros sois fuertes. Dos caídos más: ¿Y qué? Otros ocuparán nuestros puestos, más resueltos y numerosos que nunca. En alto los corazones: ¡viva la anarquía y la revolución social!

Y recordaos de cuanto queremos deciros: el enemigo nos quiere muertos, y nos tendrá muertos para defender el privilegio y la tiranía, para humillaros, para acobardaros, para venceros, destruiros y encadenar los pueblos al carro de su esclavitud. El enemigo se ha embriagado con el llanto de nuestras mujeres, de nuestros viejos y de nuestros niños. Nos ha torturado, átomo por átomo, insultado, escupido, clavado, befado, empapado los labios de hiel y vinagre y, finalmente, ofrecerá a Mammón el humo de nuestras carnes maceradas y maltrechas.

Y este mismo enemigo clava sus inmundos tentáculos en la carne de todos los pueblos de la Tierra, prepara el más grande militarismo del mundo y se apresta a esclavizar la entera humanidad.

Hay que aplastarle la cabeza.

El pasaría de buena gana sobre los cuerpos de los rebeldes, de los revolucionarios y de los libertarios: él se prepara a pisotear a la humanidad.

Los caídos, todos los caídos, deben ser vengados. ¡Guay si no lo son!

Nosotros os enviamos un abrazo fraterno y el saludo augural.

Bartolomé Vanzetti

A los anarquistas del mundo

Casa de la Muerte, agosto 4 de 1927

Queridos camaradas: El gobernador Alvan T. Fuller, es un asesino como Thayer, Katzmann, perjuros del Estado y todos los otros. El me entrechó las manos como un hermano, haciéndome creer que estaba honestamente intencionado.

Ahora, ignorando a conciencia y negando todas las pruebas de nuestra inocencia, nos insulta y nos asesina. ¡Somos inocentes!

Esta es la manera de obrar de la plutocracia contra la libertad, contra el pueblo. Nosotros morimos por ser anarquistas. ¡Viva la anarquía!

Bartolomé Vanzetti

Charlestown, Prisión del Estado, agosto 4 de 1927.

Queridos amigos y camaradas:

En la celda de muerte, nos acaba de informar el Comité de Defensa que el gobernador Fuller ha decidido matarnos el 10 de agosto. No nos sorprende esta noticia, porque ya sabíamos que la clase capitalista es implacable y dura, y no tiene clemencia con los buenos soldados de la revolución. Estamos orgullosos de morir y caer como todos los anarquistas han caído y caen. Ahora sois vosotros, hermanos, camaradas, como ya os dije ayer, los únicos que podéis salvarnos, ya que nosotrds jamás tuvimos fe en el gobernador. Porque hemos sabido desde un principio que el gobernador Fuller, Thayer y Katzmann, son nuestros asesinos. ¡Viva la anarquía!

Con calurosos saludos y recuerdos a todos.

Nicolás Sacco

Al hijo de Sacco

Mi querido Dante:

Yo espero aun. Nosotros lucharemos hasta el último momento para reivindicar nuestro derecho a la vida y a la libertad, pero todas las fuerzas del Estado, del oro y la reacción están malditamente contra nosotros, porque somos dos revolucionarios,dos anarquistas.

Escribiré poco sobre esto, también porque tú eres demasiado joven para poder comprender plenamente el profundo significado de esto y de otras cosas de que hablaría de buena gana contigo si la situación me lo permitiese.

Empero, si eres bueno, cuando seas mayor comprenderás, entonces, el caso de tu padre y el mío y los principios de él y míos por los que hoy se nos mata.

Te diré ahora que, por todo cuanto se de tu padre, él no es un criminal, sino por el contrario, uno de los mejores hombres que yo haya conocido nunca. AlgÚn día serás capaz de comprender cuanto te digo: tu padre ha sacrificado todo lo que en la vida hay de más querido para el corazón y más sagrado para el alma, por su fe en la libertad y la justicia para todos.

Ese día te sentirás orgulloso de tu padre y, si has seguido siendo lo bastante bueno, tomarás su puesto en la lucha entre la libertad y la tiranía para reivindicar el nombre suyo -el nuestro- y nuestra sangre.

Y comprenderás también cuán buena y valerosa ha sido tu madre para ti, para tU padre y para mí en estos años de lucha, de dolores, de pasión, de penas y de atroz agonía.

Debes, por tanto, ser bueno, valiente, afectuoso hacia tu madre, hacia Inés, hacia Susi -buena y valerosa Susi- y hacer cuanto te sea posible para servirles de confortación y ayuda.

Desearía también que te recordarás alguna vez de mí, como el compañero, el amigo de tu padre, de tu madre, de Inés, de Susi y tuyo. Puedo asegurarte que tampoco yo fui nunca un criminal y que jamás en la vida robé o asesiné, sino que luché modesta y exclusivamente para abolir el crimen entre los hombres y por la libertad de todos.

Recuérdate. Dante, que quien te diga lo contrario de tu padre y de mí, no será más que un mentiroso, que insultará la memoria de dos hombres caídos por la fe y el amor hacia la humanidad que ardían en sus corazones.

Sabe y recuerda, Dante, que si tu padre y yo hubiésemos sido dos cobardes, dos hipócritas, dos renegadores de nuestra fe, no hubiéramos sido nunca condenados a muerte.

Ellos no habrían considerado culpable ni siquiera a un perro sarnoso ni ejecutado a un venenoso escorpión en base a las evidencias inventadas contra nosotros. Y habrían acordado un nuevo proceso, aunque se tratara de un matricida u otro delincuente común que hubiese podido presentar las evidencias que repetidamente y en vano, hemos presentado nosotros para obtener la revisión del proceso.

Recuerda, Dante. recuerda siempre esto: nosotros no somos ni fuimos nunca criminales; nos han juzgado culpables en fuerza a falsos testimonios, nos han denegado varias veces nuevo proceso y si somos ejecutados después de siete años, cuatro meses, y diecisiete días de indescriptibles torturas, es solo por la razón ya expuesta por mí: porque estuvimos y estamos siempre de parte de los pobres y contra la explotación y la opresión del hombre sobre el hombre.

Los documentos sobre nuestro caso que tú y los demás tendréis ocasión de recoger y conservar, te probaran que tu padre, tu madre, Inés, mi familia, tu y yo, hemos sido sacrificados por y para la razón de Estado de la plutocracia reaccionaria norteamericana.

Vendrá el día que comprenderas el sentido atroz de estas palabras, en todo su amplio significado, y ese día, Dante, tÚ nos honraras.

Y ahora, querido Dante, se siempre bueno y valeroso, siempre … Un cariñoso abrazo de tu

Bartolomé Vanzetti

A su hijita

Mi querida Inés:

Quisiera que pudieses comprender lo que te diré con espíritu ulcerado y con profundidad de afecto. Llevaré siempre, hasta el último día de mi vida, sobre mi corazón sin paz, la carta que me has escrito. Pediré que me la dejen llevar también a la tumba. ¡Cuánto habría deseado vivir contigo, con tu hermano Dante, con tu madre en una casita, perdida en el verdor de un bosque, unidos en una sola palpitación y en una sola ternura! Y en las tardes del verano sentarnos a la sombra de una encina, contigo en mis rodillas para enseñarte a leer, a escribir, a amar y a creer. Pero no ha sido así … La maldad de los hombres no ha querido … Un destino adverso nos ha dividido … Esta vieja sociedad agonizante me arrancó brutalmente de los brazos de tu madre y de la profundidad de vuestro cariño, hijos míos, que me esperáis inútilmente.

Pero yo sé que seréis buenos … yo sé que vosotros sabéis que oS siento aquí, todas las horas … y que os digo tantas palabras de pasión y de angustia …

Agradece por mí a todos los amigos que luchan por mi libertad … y deja que te bese muchas, muchas veces, y que envíe también todos mis besos a tu hermanito y a tu mamá.

Tu padre, Nicolás.

Testamento a su hijo Dante

Cárcel estatal de Charlestown, agosto 18 de 1927

Mi querido hijo y compañero:

Desde el día que te ví por última vez pensé escribirte esta carta, pero mi prolongado ayuno y el pensamiento de no poderme expresar como era mi deseo, me han hecho esperar hasta hoy.

El otro día, apenas cese la huelga de hambre, mi pensamiento voló a tí y quise escribirte en seguida, pero advertí que mis fuerzas físicas no eran suficientes y que no estaba en condiciones de readquirirlas en un momento, debí, por lo tanto, suspenderla. Mas es necesario acabar antes de que nos conduzcan de nuevo a la celda de la muerte. Es mi opinión que, apenas la Corte Suprema deniegue la revisión del proceso, nos conducirán al triste lugar, y el lunes, si nada ocurre, nos matarán apenas haya sonado la media noche.

Heme aquí, pues, enteramente sólo contigo, con toda la fuerza de mi amor, para abrirte los tesoros de mi pobre corazón.

¡Nunca hubiera pensado que nuestro inseparable amor pudiera acabar tan trágicamente! Pero estos siete años de dolor me dicen que esto se ha hecho posible.

Empero, esta nuestra forzada separación no ha cambiado en un ápice nuestro afecto, que permanece más sólido y vivo que nunca. Más bien, si esto es posible, se ha agigantado más aún.

Esto no solamente es un gran modo de proceder en la vida, sino también la confirmación de un hecho: que el verdadero amor fraterno no sólo se muestra en los momentos de alegría y placer, sino más aún en los momentos de lucha y de sufrimiento.

Recuérdalo, Dante.

Nosotros lo hemos demostrado y, modestia aparte, nos sentimos orgullosos de ello.

Mucho hemos sufrido en nuestro largo calvario. Nosotros protestamos hoy, como hemos protestado ayer, y protestaremos siempre por nuestra libertad.

Si desistí de la huelga de hambre fue porque ya no quedaba en mí, sombra alguna de vida, y yo había escogido esa forma de protestar para reclamar la vida y no la muerte.

Mi sacrificio estaba animado por el deseo vivísimo que había en mí de volver a estrechar entre mis brazos a tu pequeña hermanita querida Inés, a tu madre, a tí y a todos mis amados compañeros y amigos. Por esto, hijo, vuelve ahora la vida, calma y tranquila, a reanimar mi pobre cuerpo, aunque el espíritu permanezca sin horizontes y siempre como perdido entre tétricas, sombrías, visiones de muerte.

Y bien, querido muchachito mío, después de haberme hablado tu madre tantas veces de tí y de haberte visto en mis sueños días y noches, fue alegría inefable la de volverte a ver, estrecharte entre mis brazos y hablar contigo como solía hacerlo otros días … aquellos días …

Mucho te dije en esta ocasión y mucho deseaba decirte aún; pero ví que eras siempre el amoroso muchacho de aquel entonces … que eras bueno con tu mamá, que tanto te ama, y no quise herir más largamente tu sensibilidad, porque estoy seguro que continuarás siendo el noble y buen joven que eres ahora y recordarás para siempre cuanto te dije.

Yo estoy tan seguro de esto como de que lo que voy a decirte ahora hará vibrar tu pobre corazón; pero no llores, Dante, porque muchas lágrimas ya han sido derramadas en vano -tu madre las ha derramado durante siete años, inútilmente. Por eso, hijo, en vez de llorar, hazte fuerte para poder estar en condiciones de confortar a tu pobre madre.

Te diré ahora lo que yo solía hacer cuando quería distraer a tu madre de algpun triste pensamiento, para que tu puedas repetirlo cuando sea necesario. Ibamos de la mano, en un largo paseo a través de los campos al aire libre y bajo el sol radiante; recogía a mi paso flores silvestres de un lado y de otro, y se las ofrecía, y cuando la advertía cansada, la hacía sentar a la sombra de algún árbol, y ahí, en la viva y dulce armonia de madre natura, ella lo olvidaba todo y era felíz, tan felíz …

Recuerda, también esto, hijo mío. No olvides jamás, Dante, cuantas veces seas felíz en la vida, de no ser egoísta; comparte siempre tu dicha con los más infelices, más pobres y más débiles que tu, y no seas sordo nunca hacia quienes reclaman socorro.

Ayuda a los perseguidos y a las víctimas, porque ellos serán tus mejores amigos; ellos son los compañeros que luchan y caen como tu padre y Bartolomeo, que lucharon y hoy caen por haber reclamado felicidad y libertad para todos las pobres y harapientas muchedumbres del trabajo.

En esta lucha por la vida hallaras alegría y satisfacción y serás amado por tus semejantes.

Por todo lo que tu madre me informa acerca de cuanto has dicho y hecho en estos últimos dias de atroz agonía sufridos por mí en la celda de muerte, yo estoy seguro de que serás un día el joven por mí soñado tantas veces, y esta certeza me hace casi felíz.

Nadie puede saber o decir lo que será de nosotros mañana, pero si nos matan tu no deberás olvidar jamás de mirar a tus amigos y compañeros con la misma sonrisa jovial sobre los labios con que miras a tus más íntimos afectos, porque ellos te aman con el mismo amor de que rodean a todos los demás infortunados y perseguidos compañeros.

Y esto te lo dice tu padre, tu padre que lo es todo para ti; tu padre que los ama como los ama, que sabe y conoce la nobleza de su fe -que es la mía, Dante-, los supremos sacrificios que ellos afrontan todavía por nuestra libertad, porque yo he combatido a su lado, ellos son los que nos hacen vivir en el corazón una esperanza todavía. Solamente ellos podrán evitar nuestra electrocutación. Esta es la lucha, la guerra entre los ricos y los pobres, por la salvación y la libertad que tú, hijo mío, comprenderás mejor cuando seas mayor, en toda su grandiosidad y nobleza.

Pensaba continuamente en ti, Dante mío, en los tristes días transcurridos en la celda de la muerte. El canto, las tiernas voces de los niños que llegaban hasta mí del vecino jardín de juego donde brincaba la vida y la alegría sin afanes -solamente a pocos pasos de distancia de los muros que aprisionan en una atroz agonía a tres almas en pena- todo me hacía pensar insistentemente en tí y en Inés, y os deseaba tanto, tanto, ¡oh, hijos míos! …

Más luego pense que fue mejor que no hayas venido a verme en esos días, porque te hubieras encontrado en la celda de la muerte, en presencia del cuadro espantoso de tres hombres en agonía, en espera de ser muertos, y quien sabe qué efecto hubiera podido producir en tu mente tan trágica visión, y que influencia hubiera podido tener en el futuro.

Por otra parte si tu no fueses un muchacho demasiado sensible, tal visión hubiera podido serte útil cuando, más adelante, pudieras recordarla para decir al mundo toda la vergüenza de este siglo que está encerrada en esa forma cruel de persecución y de infame muerte.

Sí, Dante mío, podrán muy bien crucificar nuestros cuerpos, como ya lo hacen desde siete años, pero no podrán destruir jamás nuestras ideas, que permanecerán aun más bellas para las generaciones futuras.

Dante, cuando me refería a tres vidas, quería decirte que con nosotros está otro joven, Celestino Madeiros, que será muerto junto con nosotros. El ya ha estado otras dos veces en la horrible celda de muerte -que debe ser destruida con la piqueta del progreso- esa horrible celda que deshonra al Estado de Massachussets. Se debería destruir esas celdas, para levantar en su lugar fábricas y escuelas para enseñar lo útil y lo bueno a centenares de niños.

Dante, te exhorto una vez más a ser bueno y a amar con todo tu afecto a tu madre en estos tristes días, y yo moriré seguro que con todos tus cuidados y tus afectos ella será menos infeliz. Y no dejes de conservar un poco de tu amor para mí, hijo, porque yo te amo tanto, tanto …

Mis más fraternos saludos para todos los buenos amigos y compañeros.

Afectuosos besos para la pequelia Inés, para mamá, y para ti un abrazo de corazón de tu padre y compañero.

Nicolás Sacco

P.D. Bartolomeo te envía también sus cariñosos saludos. Espero que tu madre te ayudará a comprender esta carta, ya que no he podido escribir mejor y de manera más clara, porque no me siento lo bastante bien, y estoy débil, tan débil … ¡Adios!

Fuentes:

Causa Popular
Howard Zinn
Anthony Arnove
http://www.elortiba.org/
http://www.antorcha.net
http://es.wikipedia.org/wiki/

Personas mencionadas:

Nicola Sacco, Bartolomeo Vanzetti, Dukakis, John M. Cabot, Fuller, Lowell, Stratton, Grant, Heywood Broun, Eugene Debs, Oliver Wendell Holmes, George Jackson, Luigi Galleani, Andrea Salsedo, Katzmann, Thayer