La comuna de Paris ¿De que se trató?

El tema de la comuna de Paris  lo subo aunque en mi opinión su vinculación con el anarquismo es poca,  esto ha ha generado cuantiosos debates, el mas renombrado fue el de Bakunin con Marx

«Son ochenta pobres dentro de ochenta chabolas, que van a hablar y actuar, y si hace falta golpear, en nombre de todas las calles de París, solidarios en la miseria y unidos por la lucha».
Jules Vallès, ‘El insurrecto

La comunca de París por Piotr Kropotkin

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El 18 de marzo de 1871, el pueblo de París se sublevó contra un poder detestado
y despreciado por todos y declaró la ciudad de París independiente, libre,
dueña de sí misma.

Este derribo del poder central se hizo incluso sin la puesta en escena ordinaria
de una revolución: ese día no hubo disparos de fusil, ni charcos de sangre verti-
da tras la barricadas. Los gobernantes se eclipsaron ante el pueblo armado, que se
echó a la calle: la tropa evacuó la ciudad, los funcionarios se apresuraron a huir
hacia Versalles llevándose todo lo que pudieron llevarse. El gobierno se evapo-
ró, como una charca de agua pútrida con el soplo de un viento de primavera, y el
19, París, sin haber vertido apenas una gota de la sangre de sus hijos, se encon-
tró libre de la contaminación que apestaba la gran ciudad

Y, sin embargo, la revolución que acababa de realizarse de este modo abría
una nueva era en la serie de revoluciones, por las que los pueblos marchan de
la esclavitud a la libertad. Bajo el nombre de Comuna de París, nació una idea
nueva, llamada a convertirse en el punto de partida de las revoluciones futuras
Como ocurre siempre con la grandes ideas, no fue el producto de la concep-
ción de un filósofo, de un individuo: nació en el espíritu colectivo, salió del cora-
zón de un pueblo entero; pero al principio fue vaga y muchos entre los mismos
que la realizaron y que dieron la vida por ella, no la imaginaron entonces tal como
la concebimos hoy en día; no se dieron cuenta de la revolución que inaugura-
ban, de la fecundidad del nuevo principio que intentaban poner en práctica.
Fue sólo en su aplicación práctica, cuando se empezó a entrever su importancia
futura; fue sólo en el trabajo del pensamiento que ocurrió más tarde, cuando
este nuevo principio se precisó más y más, se determinó y apareció con toda su
lucidez, toda su belleza, su justicia y la importancia de sus resultados

Revuelta de París

Desde que el socialismo tomó nuevo impulso en los cinco o seis años que pre-
cedieron a la Comuna, una cuestión sobre todo preocupaba a los teóricos de la
próxima revolución social. Era la cuestión de saber cual sería el modo de agru-
pación política de las sociedades más favorable a esta gran revolución económi-
ca que el desarrollo actual de la industra impone a nuestra generación y que debe
ser la abolición de la propiedad individual y la puesta en común de todo el ca-
pital acumulado por las generaciones precedentes

La Asociación Internacional de Trabajadores dió esta. respuesta. La agrupa-
ción, dijo, no debe limitarse a una sola nación: debe extenderse por encima de
las fronteras artificiales. Inmediatamente esta gran idea penetró el corazón de
los pueblos, se apoderó de los espíritus.

Perseguida después por la liga de todas las reacciones, ha sobrevivido sin embar-
go y, cuando los obstáculos puestos a su desarrollo sean destruidos a la voz de los
pueblos insurgentes, renacerá más fuerte que nunca
Pero quedaba por saber cuáles iban a ser las partes integrantes de esta vasta
Asociación.
Entonces dos grandes corrientes de ideas se enfrentaron para responder esta
pregunta: el estado popular, de una parte, de la otra, la anarquía

Según los socialistas alemanes, el estado debería tomar posesión de todas las
riquezas acumuladas y darlas a las asociaciones obreras, organizar la produc-
ción y el intercambio, velar por la vida y el funcionamiento de la sociedad

A esto, la mayor parte de los socialistas de raza latina, a partir de su expe-
riencia, respondían que semejante estado, aún admitiendo que pudiera existir,
sería la peor de las tiranías y oponían a este ideal, tomado del pasado, un nuevo
ideal, la anarquía, es decir, la completa abolición de los estados y la organización
de lo simple a lo compuesto por la libre federación de las fuerzas populares, de
los productores y los consumidores

Pronto se admitió, incluso por algunos “estatalistas”,los menos imbuidos de
prejuicios gubernamentalistas, que ciertamente la anarquía representa una or-
ganización con mucho superior a la apuntada por el estado popular, pero, di-
cen, el ideal anarquista está tan lejos de nosotros que no hace falta preocuparnos
por él de momento. Por otra parte, falta a la anarquía una fórmula concreta y
simple a la vez para precisar su punto de partida, para dar cuerpo a sus ideas,
para demostrar que éstas se apoyan en una tendencia con existencia real en el
pueblo. La federación de las corporaciones de oficio y de grupos de consumido-
res por encima de la fronteras y al margen de los estados actuales parece toda-
vía muy vago. y es fácil ver. al. mismo tiempo que no puede comprender toda
la diversidad de las manifestaciones humanas. Hacía falta encontrar una formu-
la más neta, más aprehensible, con sus elementos primarios en la realidad de las
cosas

Si se hubiera tratado simplemente de elaborar una teoría, habríamos dicho:
¡Qué importan las teorías! Pero, en tanto que un idea nueva no encuentra su
enunciado neto, preciso y derivado de las cosas existentes, no se apodera de los
espíritus, no los inspira hasta el punto de lanzarlos en una lucha decisiva. El pue-
blo no se lanza a lo desconocido sin apoyarse en una idea cierta y netamente for-
mulada que le sirva, por así decirlo, de trampolín en su punto de partida

Fue la vida misma quien se encargó de mostrar este punto de partida
Durante cinco meses, París, aislado por el sitio, había vivido su propia vida y
había aprendido a conocer los inmensos recursos económicos, intelectuales y mo-
rales de que disponía; había entrevisto y comprendido su fuerza de iniciativa. Al
mismo tiempo, había visto que la banda de bribones que se había hecho con el
poder no sabían organizar nada, ni la defensa de Francia ni el desarrollo del inte-
rior. Había visto a este gobierno contral ponerse en contra de todo aquello que la
inteligencia de una gran ciudad podía dar a luz. Había comprendido más que
eso: la impotencia de un gobierno, sea el que sea, para detener los grandes desas-
tres, para facilitar la evolución a punto de ocurrir. Sufrió durante un sitio una
miseria horrorosa, la miseria de los trabajadores y de los defensores de la ciu-
dad, al lado el lujo insolente de los zánganos y había visto fracasar, gracias al
poder central, todas sus tentativas por poner fin a este régimen escandaloso.
Cada vez que el pueblo quería tomar un impulso libre, el gobierno acudía a en-
grosar las cadenas, a fijar su bola, y la idea nació con toda naturalidad: ¡París
debía constituirse en comuna independiente, pudiendo realizar entre sus mu-
ros lo que le dictara el pensamiento del pueblo!

Este palabra: LA COMUNA, se escapó entonces de todas las gargantas.
La Comuna de 1871 no podía ser más que un primer esbozo. Nacida al final de
una guerra, rodeada por dos ejércitos dispuestos a darse la mano para aplastar
al pueblo, no osó lanzarse completamente a la vía de la revolución económica, no
se declaró francamente socialista,no procedió ni a la expropiación de los capi-
tales ni a la organización del trabajo, ni siquiera al censo general de todos los re-
cursos de la ciudad. Tampoco rompió con la tradición del estado, del gobierno
representativo, y no intentó realizar en la Comuna esa organización de lo simple
a lo complejo que inauguró proclamando la independencia y la libre federación de
las Comunas. Pero es seguro que, si la Comuna de París hubiese vivido algunos
meses más, habría sido empujada inevitablemente, por la fuerza de las cosas,
hacia estas dos revoluciones. No olvidemos que la burguesía ha precisado de
cuatro años de período revolucionario para llegar de la monarquía moderada a
la república burguesa y no nos asombraremos de ver que el pueblo de París no
haya franqueado de un solo salto el espacio que separa la comuna anarquista del
gobierno de los granujas. Y sabremos también que la próxima revolución, en

Francia y ciertamente también en España, será comunalista, retomará la obra
de la Comuna de París allí donde la han detenido los asesinatos de los versalle-
ses.
La Comuna sucumbió y la burguesía se vengó –sabemos como– del miedo
que el pueblo le hizo sentir al sacudir el yugo de sus gobernantes. Demostró que
realmente hay dos clases en la sociedad moderna: de una parte, el hombre que
trabaja, que da al burgués más de la mitad de lo que produce y que, sin embar-
go, consiente con excesiva facilidad los crímenes de sus amos; por otra parte, el
ocioso, el glotón, animado con los instintos de la bestia salvaje, odiando a su es-
clavo, dispuesto a descuartizarlo como una pieza de caza
Después de encerrar al pueblo de París y de taponar todas las salidas, lanzaron a
los soldados, embrutecidos por el cuartel y el vino, diciéndoles en plena Asamblea:
«Matad a esos lobos, a esas lobas y a esos lobeznos!» Y al pueblo le dijeron:

iHagas lo que hagas, perecerás. Si te cogemos con las armas en la mano,z la
muerte; si depones las armas, la muerte; si golpeas, la muerte Si suplicas, la muer-
te! Hacia donde gires los ojos: a la derecha, a la izquierda, hacia adelante, hacia
atrás, hacia arriba, hacia abajo, la muerte! Tú no sólo estás fuera de la ley, sino
fuera de la humanidad. Ni la edad, ni el sexo te salvarán, ni a tí ni a los tuyos. Vas
a morir, pero antes conocerás la agonía de tu mujer, de tu hermana, de tu madre,
de tus hijas, de tus hijos, incluso en la cuna! Se irá, bajo tu mirada, a tomar al
herido de la ambulancia para despedaarlo a golpe de bayoneta, para aplastar-
lo a golpe de culata. Se lo tomará, vivo aún, por su pierna rota o por su brazo
ensangrentado y se lo arrojará al río como a un paquete de basura que grita y
sufre.
La muerte! La muerte! La muerte!

Y luego, tras la orgía desenfrenada sobre los montones de cadáveres, tras el
exterminio masivo, la venganza mezquina y, sin embargo atroz, que todavía per-
dura: el gato de siete colas, los grilletes, los raspadores, los latigazos y la porra de
los funcionarios de prisiones, los insultos, el hambre, todos los refinamientos
de la crueldad ¿Olvidará el pueblo estas elevadas obras? «Derribada, mas no vencida»,
la Comuna renace hoy. No se trata sólo de un sueño de vencidos que acarician en su imaginación
un bello espejismo de esperanza; ¡no! “la Comuna” se convierte hoy en el objetivo preciso y
visible de la revolución que crece ya junto a nosotros. La idea penetra las masas, les da una
bandera y contamos firmemente con la presente generación para realizar la revolu-
ción social en la Comuna, para poner fin a la innoble explotación burguesa, libe-
rar a los pueblos de la tutela del estado, inaugurar en la evolución de la especie
humana una nueva era de libertad, de igualdad, de solidaridad
2

Diez años nos separan ya del día, en que el pueblo de París, derrocando el go-
bierno de los traidores que se hicieron con el poder a la caída del Imperio, se
constituyó en Comuna y proclamó su independencia absoluta. Y, sin embargo,

i es todavía hacia esa fecha del 18 de marzo de 1871, hacia donde se dirigen nues-
tras miradas, es a ella, donde están ligados nuestros mejores recuerdos; es el
aniversario de esa jornada memorable lo que el proletariado de dos mundos se
propone festejar solemnemente, y, mañana por la tarde, centenares de miles de
corazones obreros latirán al unísono, hermanándose a través de fronteras y
océanos, en Europa, en los Estados Unidos, en América del Sur, al recuerdo de
la revuelta del proletariado parisino.
Porque la idea, por la que el proletariado francés vertió su sangre en París y
por la que ha sufrido las plagas de Nueva Caledonia, es una de esas ideas que, por
sí mismas, contienen toda una revolución, una idea amplia que puede acoger
bajo los pliegues de su bandera todas las tendencias revolucionarias de los pue-
blos que marchan hacia su liberación Ciertamente, si nos limitamos a obser-
var sólo los logros reales y tangibles alcanzados por la Comuna de París, debe-
remos decir que esta idea no fue suficientemente amplia, que sólo abarcó una
parte mínima del programa revolucionario. Pero, si observamos, por el contra-
rio, el espíritu que inspiró a las masas del pueblo, en el movimiento del 18 de
marzo, las tendencias que intentaron salir a la luz y que no tuvieron tiempo para
pasar al campo de la realidad, porque, antes de florecer, fueron asfixiadas bajo
montones de cadáveres, entonces comprederemos toda la importancia del mo-
vimiento y las simpatías que inspira en el seno de las clases obreras de los dos
mundos. La Comuna entusiasma los corazones, no por lo que hizo, sino por lo
que promete hacer un día ¿De donde viene esa fuerza irresistible
que atrae hacia el movimiento de 1871 las simpatías de todas las masas oprimi-
das? ¿Qué idea representa la Comuna de París? Y ¿por qué esa idea es tan atracti-
va para los proletarios de todos los países, de toda nacionalidad?
La respuesta es fácil. La revolución de 1871 fue un movimiento eminentemente
popular. Hecho por el pueblo mismo, nacido espontáneamente en el seno de
las masas, es en la gran masa popular, donde encontró sus defensores, sus hé-
roes, sus mártires y sobre todo ese carácter “canalla” que la burguesía no le per-
donará jamás. Y, al mismo tiempo, la idea generatriz de esa revolución, vaga,
es verdad; inconsciente, quizá, pero, no obstante, bien enunciada a través de to-
dos sus actos, es la idea de la revolución social que intenta establecer al fin, des-
pués de tantos siglos de lucha, la verdadera libertad y la verdadera igualdad para todos

Fue la revolución de la “canalla” yendo a la conquista de sus derechos
Se ha intentado, es cierto, se intenta aún, desnaturalizar el verdadero sentido
de esta revolución y presentarla como una simple tentativa de reconquistar la
independencia de París y de constituir un pequeño estado dentro de Francia.
Pero nada de esto es cierto. París no buscaba aislarse de Francia, como no busca-
ba conquistarla por las armas; no pretendía encerrarse entre sus muros, como
un benedictino en su claustro; no se inspiró en un espíritu estrecho de sacristía.

Si reclamó su independencia, si quiso impedir la intrusión en sus asuntos de
todo poder central, . fue porque veía en esa independencia una medio para ela-
borar tranquilamente las bases de la organización futura y de realizar en su
seno la revolución social, una revolución que habría transformado completamente
el régimen de producción y de intercambio, basándolo en la justicia, que habría
modificado completamente las relaciones humanas, basándolas en la igualdad,
y que habría rehecho la moral de nuestra sociedad, basándola en los principios de
la equidad y de la solidaridad.
La independencia comunal no era, pues, para el pueblo de París más que
medio y la revolución social era el fin
Este fin. se habría alcanzado, ciertamente, si la revolución del 18 de marzo
hubiese podido seguir su curso libremente, si el pueblo de París no hubiese
sido despedazado, sableado, ametrallado, destripado por los asesinos de Versa-
lles. Encontrar. una idea. neta, precisa, comprensible para todo el mundo y que
resumiera en pocas palabras lo que había que hacer para realizar la revolución,
ésa fue, en efecto, la preocupación del pueblo de París desde los primeros días
de su independencia. Pero una gran idea no germina en un día, por muy rápida
que sea la elaboración y la propagación de las ideas en los períodos revoluciona-
rios. Necesita siempre un cierto tiempo para desarrollarse, para penetrar en las
masas y para traducirse en actos, y este tiempo le faltó a la Comuna de París

Tanto más le faltó, cuanto que, hace diez años, las ideas mismas del socialis-
mo moderno pasaban por un período transitorio. La Comuna nació, por decir-
lo así, entre dos etapas de desarrollo del socialismo moderno. En 1871, el comu-
nismo autoritario, gubernamental y más o menos religioso de 1848 ya no tenía
gancho para los espíritus prácticos y libertarios de nuestra época. ¿Donde en-
contrar hoy un parisino que consienta en encerrarse en un falansterio? Por otra
parte, el colectivismo, que quiere atar al mismo carro el trabajo asalariado y la
propiedad colectiva, era incomprensible, poco atractivo, erizado de dificultades en
su aplicación práctica. Y el comunismo libre, el comunismo anarquista, apenas
nacía, apenas osaba afrontar los ataques de los adoradores del gubernamentalis-
mo.
La indecisión reinaba en los espíritus y los mismos socialistas no se sentían ca-
paces de lanzarse a la demolición de la propiedad privada al no tener ante ellos
un objetivo bien determinado. Entonces uno se dejaba engañar por este razona-
miento que los embaucadores repiten desde hace siglos: «Asegurémonos pri-
mero la victoria, después ya se verá lo que puede hacerse»

¡A segurarse primero la victoria! ¡Como si hubiese manera de constituirse
en comuna libre sin tocar la propiedad!¡Como si hubiese manera de vencer a los
enemigos, sin que la gran masa del pueblo esté interesada directamente en el
triunfo de la revolución, viendo llegar el bienestar material, intelectual y moral
para todos! ¡Se buscaba consolidar primero la Comuna dejando para más tarde
la revolución social, mientras que la única manera de proceder era consolidar la
Comuna por medio de la revolución social!
Ocurrió lo mismo con el principio gubernamental Proclamando la Comuna
libre, el pueblo. de .París proclamó un principio esencialmente anarquista;
pero, como en esa época la idea anarquista había penetrado poco en los espí-
ritus, se detuvo a medio camino y, en el seno de la Comuna, todavía se pronunció
por el viejo principio autoritario dándose un Consejo de la Comuna copiado de los
consejos municipales

Si, efectivamente, admitimos que un gobierno central es absolutamente inútil
para regir las relaciones de las comunas entre ellas, ¿por qué deberíamos admitir
su necesidad para regir las relaciones mutuas de los grupos que constituyen la
Comuna? Y, si confiamos a la libre iniciativa de las comunas la tarea de enten-
derse entre ellas para las empresas que conciernen a varias ciudades al mismo
tiempo, ¿por qué refusar esta misma iniciativa a los grupos de que se compone
una comuna? Un gobierno en la Comuna no tiene más razón de ser que un gobier-
no por encima de la Comuna
Pero, en 1871, el pueblo de París, que ha derribado tantos gobiernos, sólo esta-
ba en su primer ensayo de rebelión contra el sistema gubernamental en sí mis-
mo: se dejó llevar, pues, por el fetichismo gubernamentalista y se dotó de un
gobierno. Se conocen las consecuencias.
Envió a sus más abnegados hijos al Hôtel-de-Ville. Allí, inmovilizados en medio
del papeleo, forzados a gobernar cuando sus instintos les mandaban estar y mar-
char con el pueblo; forzados a discutir, cuando se precisaba actuar, y perdiendo
la inspiración que procede del contacto continuo con las masas, se vieron reduci-
dos a la impotencia. Paralizados por su alejamiento del foco de las revoluciones,
el pueblo, paralizaron a su vez la iniciativa popular
Nacida durante un período de transición, en que las ideas de socialismo y de
autoridad sufrían una profunda modificación; nacida al final de una guerra, en
un foco aislado, bajo los cañones de los prusianos, la Comuna de París debía su-
cumbir.
Pero, por su carácter eminentemente popular, comenzó una era nueva en la
serie de las revoluciones y, por sus ideas, fue la precursora de la gran revolución
social. Las masacres inauditas, cobardes y feroces con las que la burguesía celebró
su caída, la venganza innoble que los verdugos han ejercido durante nueve
años en sus prisioneros, estas orgías de caníbales han abierto un abismo entre la
burguesía y el proletariado que jamás será rellenado En la próxima revolu-
ción, el pueblo sabrá qué debe hacer; sabrá lo que le espera si no logra una victo-
ria decisiva y actuará en consecuencia.
En efecto, ahora sabemos que el día en que Francia se llenará de comunas in-
surgentes, el pueblo no deberá volver a darse un gobierno y esperar de ese go-
bierno la iniciativa de medidas revolucionarias. Después de haber barrido los
parásitos que lo roen, se apoderará de toda la riqueza social para ponerla en co-
mún, según los principios del comunis mo anarquista. Y, cuando habrá abolido
completamente la propiedad, el gobierno y el estado, se constituirá libremente se-
gún las necesidades que le serán dictadas por la vida misma. Rompiendo sus
cadenas y derribando sus ídolos, la humanidad avanzará entonces hacia un fu-
turo mejor, sin conocer ya ni amos ni esclavos, no guardando veneración más
que por los nobles mártires que han pagado con su sangre y sus sufrimientos
estos primeros intentos de emancipación que nos han iluminado en nuestra mar-
cha hacia la conquista de la libertad

3

Las celebraciones y reuniones públicas organizadas el 18 de marzo en todas las
ciudades donde hay grupos socialistas constituidos merecen toda nuestra aten-
ción,. no sólo. como. una manifestación del ejército de los proletarios, sino más
aún como expresión de los sentimientos que animan a los socialistas de los dos
mundos. Uno “se cuenta” así mejor que por todos los boletines imaginables y
uno formula sus aspiraciones en total libertad, sin dejarse influenciar por consi-
deraciones de táctica electoral
En efecto, los proletarios reunidos ese día en los mítines ya no se limitan a elo-
giar el heroísmo del proletariado parisiense, ni a clamar venganza contra las
masacres de mayo. Reafirmándose en el recuerdo de la lucha heroica de París,
van más lejos. Discuten las enseñanzas que hay que extraer de la Comuna de
1871 para la próxima revolución; se preguntan cuáles fueron los errores de la
Comuna y ello no por criticar a los hombres, sino para hacer resaltar como los
prejuicios sobre la propiedad y la autoridad que reinaban en ese momento impi-
dieron a la idea revolucionaria florecer, desarrollarse e iluminar el mundo entero
con sus luces vivificadoras.
La enseñanza de 1871 ha aprovechado al proletariado del mundo entero y, rom-
piendo con los viejos prejuicios, los proletarios han dicho clara y simplemente
como entienden su revolución.

A partir de ahora es seguro que la próxima sublevación de las comunas ya no
será simplemente un movimiento comunalistaz
Los que aún piensan que hay que establecer la comuna independiente
y después, en esa comuna, ensayar reformas económicas, han sido sobrepasados
por el desarrollo del espíritu popular.
Es por actos revolucionarios socialistas, aboliendo la propiedad individual, como
las. comunas de la próxima revolución afirmarán y constituirán su independencia
El día en que, como consecuencia del desarrollo de la situación revolucionaria,
los gobiernos sean barridos por el pueblo y la desorganización arrojada a los cam-
pos de la burguesía, que no se mantienen más que por la protección del esta-
do, ese día –y no está lejos– el pueblo insurgente no esperará a que un gobierno
cualquiera decrete en su sabiduría inaudita unas reformas económicas. Él mis-
mo abolirá la propiedad individual por medio de la expropiación violenta, to-
mando posesión, en nombre del pueblo entero, de toda la riqueza social acumu-
lada por el trabajo de las generaciones precedentes. No se limitará a expropiar a
los detentadores del capital social por un decreto que sería letra muerta: tomará
posesión de él sobre la marcha y establecerá sus derechos utilizándolo sin demo-
ra. Se organizará él mismo en el taller para hacerlo funcionar; cambiará su cu-
chitril por un alojamiento saludable en la casa de un burgués; se organizará para
utilizar inmediatamente toda la riqueza acumuladada en las ciudades; tomará
posesión de la misma como si esta riqueza nunca le hubiese sido robada por la
burguesía. Una vez desposeído el barón industrial que extrae su botín del obrero,
la producción continuará, desembarazándose de las trabas que la dificultan,
aboliendo las especulaciones que la matan y los enredos que la desorganizan y,
tranformándose conforme a las necesidades del momento bajo el impulso que
le proporcionará el trabajo libre. «Jamás volverá a cultivarse en Francia como en
1783, después de que la tierra fuese arrebatada de manos de los señores», escri-
bió Michelet Jamás se ha trabajado como se trabajará el día en que el trabajo
sea libre, en que cada progreso del trabajador sea una fuente de bienestar para
toda la Comuna.
Respecto a la riqueza social, se ha intentado establecer una distinción y se ha
llegado incluso a dividir al partido socialista a propósito de esta distinción. La
escuela que hoy en día se llama colectivista, substituyendo el colectivismo de la
antigua Internacional (que no era sino el comunismo antiautoritario) por una es-
pecie de colectivismo doctrinario, ha intentado. distinguir entre el. capital que
sirve a la producción y la riqueza que sirve a las necesidades de la vida. La má-
quina, la fábrica, la materia prima, las vías de comunicación y el suelo de una
parte, las viviendas, los productos manufacturados, los vestidos, los artículos, de
otra. Los unos se convierten en propiedad colectiva, los otros están destinados,
según los doctos representantes de esta escuela, a permanecer propiedad indivi-
dual
Se ha intentado establecer esta distinción. Pero el buen sentido popular ha
dado cuenta de ella rápidamente. Errónea en teoría, ha sucumbido ante la
práctica de la vida. Los trabajadores han comprendido que la casa que nos refu-
gia, el carbón y el gas que quemamos, los alimentos que quema la máquina huma-
na para mantener la vida, los vestidos con que el hombre se cubre para preser-
var su existencia, . el libro que lee para instruirse, incluso el adorno que se pro-
cura son partes integrantes de su existencia, tan necesarias para el éxito de la
producción y para el desarrollo progresivo de la humanidad como las máquinas,
las manufacturas, las materias primas y los otros agentes de la producción. Han
comprendido que mantener la propiedad individual para estas riquezas sería man-
tener la desigualdad, la opresión, la explotación, paralizar por adelantado los
resultados de la expropiación parcial.
Pasando sobre. las. alambradas. puestas en su camino por el colectivismo de los
teóricos, marchan directamente a la forma más simple y más práctica del comu-
ninismo antiautoritario.
En efecto, en sus reuniones los proletarios revolucionarios afirman claramen-
te su derecho a toda la riqueza social y la necesidad de abolir la propiedad indivi-
dual tanto sobre los medios de consumo como sobre los de producción. «El día de
la revolución, nos apoderaremos de toda la riqueza, de todos los valores acumula-
dos en las ciudades y los pondremos en común» dicen los portavoces de la masa
obrera y los oyentes lo confirman asintiendo unánimemente
«Que cada cual coja del montón lo que necesite y estemos seguros de que en los
graneros de nuestras ciudades habrá alimentos suficientes para alimentar a todo
el mundo hasta el día en que la producción libre emprenderá su nueva marcha.
En los almacenes de nuestras ciudades, hay suficientes vestidos para vestir a
todo el mundo, acumulados allí, sin encontrar salida, al lado de la miseria gene-
ral. Hay incluso suficientes. objetos de lujo para que todo el mundo elija a su
gusto.»

He aquí como, a juzgar por lo que dice en las reuniones, la masa proletaria
afronta. la. revolución:. introducción inmediata del comunismo anarquista y li-
bre organización de la producción.
Son dos puntos fijados y, a este respecto, las comunas de la revolución que ruge a
nuestras puertas no repetirán los errores de sus predecesoras que, vertiendo gene-
rosamente su sangre, han despejado el camino para el futuro
Un tal acuerdo no se ha establecido todavía, sin estar no obstante lejos de esta-
blecerse, sobre otro punto, no menos importante: sobre la cuestión del gobierno
Es sabido que, respecto a esta cuestión, se enfrentan dos escuelas. «Es ne-
cesario» –dicen los unos– «constituir el mismo día de la revolución un gobierno
que se apodere del poder. Este gobierno, fuerte, poderoso y resuelto, hará la revo-
lución decretando aquí y allá y obligando a obedecer sus decretos.»
«¡Triste ilusión!», dicen los otros.

«Todo gobierno central, encargándose de gobernar una nación, estando forma-
do necesariamente por elementos dispares y siendo conservador, por su esencia
gubernamental, no será más que un obstáculo para la revolución. No hará más
que frenar la revolución en las comunas dispuestas a avanzar, sin ser capaz de
aportar aliento revolucionario a las comunas atrasadas. Igualmente en el seno
de una comuna insurgente. O bien el gobierno comunal no hará más que sancio-
nar los hechos consumados, y entonces será. un elemento inútil. y peligroso,. o
bien querrá ponerse a su cabeza: reglamentará lo que debe ser elaborado libre-
mente por el pueblo mismo para que resulte viable, aplicará teorías donde es
preciso que toda la sociedad elabore nuevas formas de vida comunitaria, con
esa fuerza creativa que surge en el organismo social cuando rompe las cadenas y
ve abrirse ante sí nuevos y amplios horizontes. Los hombres en el poder genera-
rán este impulso, sin producir nada ellos mismos, si permanecen en el seno del
pueblo para elaborar con él la nueva organización, en lugar de encerrarse en las
cancillerías y agotarse en debates ociosos. Será un estorbo y un peligro, impo-
tente para .el .bien,. formidable para el mal, así, pues, no tiene razón de ser.»
Por muy natural y justo que sea este razonamiento, se enfrenta aún, no obs-
tante, a los prejuicios seculares acumulados, acreditados por aquellos que tienen
interés en mantener la religión del gobierno junto a la religión de la propiedad
y la religión divina.

Este prejuicio, el último de la serie: Dios, Propiedad, Gobierno, existe aún y
es un peligro para la próxima revolución Pero puede constatarse que ya se está so-
cavando «Haremos nosotros mismos nuestros asuntos, sin esperar las órdenes
de ningún gobierno y pasaremos por encima de aquellos que vengan a imponér-
senos sea bajo la forma de sacerdote, de propietario o de gobernante», dicen ya
los proletarios. Hay que esperar, pues, que, si el partido anarquista sigue com-
batiendo. vigorosamente la religión. del gubernamentalismo y si no se desvía él
mismo de su camino dejándose enredar en las luchas por el poder, hay que espe-
rar, decimos, que, en los años que nos quedan aún hasta la revolución, el pre-
juicio gubernamental será suficientemente socavado como para ya no sea ca-
paz de llevar a las masas proletarias por un camino falso

Hay, sin embargo, una laguna lamentable en las reuniones populares que de-
bemos señalar. Ésta es que nada, o casi nada, se ha hecho por el campo. Todo
gira en torno a las ciudades. El campo parece no existir para los trabajadores
de la ciudad. Incluso los oradores que hablan del carácter de la próxima revolu-
ción evitan mencionar el campo y el suelo. No conocen al campesino ni sus dese-
os y no se atreven a hablar en su nombre. ¿Es preciso insististir mucho en el
peligro que resulta de esto? La emancipación del proletariado no será posible
mientras .el .movimiento. revolucionario no abarque las aldeas. Las comunas in-
surgentes no lograrán mantenerse siquiera un año, si la insurrección no se
propaga al mismo tiempo por la campiña. Cuando los impuestos, la hipoteca, la
renta serán abolidos, cuando las instituciones que los recaudan serán disueltas,
es seguro que el campo comprenderá las ventajas de esta revolución Pero, en
cualquier caso, sería imprudente contar con la difusión de las ideas revoluciona-
rias en el campo sin preparar previa mente las ideas. Es preciso saber desde
ahora ya que es lo que quiere el campesino, como se entiende la revolución en las
aldeas, como se piensa resolver la cuestión tan espinosa de la propiedad agra-
ria. Es preciso decirle al campesino qué es lo que se propone hacer el proletario
del campo y de su aliado, que no debe temer de aquél medidas perjudiciales para
el agricultor. Es preciso que, por su parte, el obrero de las ciudades se acostum-
bre a respetar al campesino y a marchar de común acuerdo con él
Pero, para esto, los trabajadores deben imponerse. el deber de extender la pro-
paganda en las aldeasz Es importante que en cada ciudad haya una pequeña
organización especial, una rama de la Liga Agraria, para la propaganda entre
los campesinos. Es preciso que este tipo de propaganda sea considerado como un
deber, con el mismo rango que la propaganda en los centros industriales
Los inicios serán difíciles, pero recordemos que de ello depende el éxito de la
revolución. Ésta no será victoriosa hasta el día en que el trabajador de las fábricas
y el cultivador de los campos marchen juntos a la conquista de la igualdad para
todos, llevando la felicidad tanto a la cabaña como a los edificios de las grandes
aglomeraciones industriales.

“La commune de París”, Le Révolté (1880). Traducido a partir de La Brochure Mensuelle 180 (1937) 14-32

Decreto publicado a 40 años en Rabochaia Gazeta

Videos

http://www.youtube.com/watch?v=LCaGx4CBQwA
http://www.youtube.com/watch?v=d2s9dOtEj2w
http://www.youtube.com/watch?v=HTKBpVBE8_I

Fuentes:

La comuna de Paris, Piotr Kropotkin

Personas mencionadas:

Piotr Kropotkin, Bakunin, Marx