La columna de Durruti, la vida contra el fascismo

En medio del entusiasmo general, el 24 de julio salía de Barcelona la primera columna de milicianos; se trataba de la Columna Durruti y estaba compuesta de unos dos mil hombres. Casi simultáneamente a esta columna, partió también Columna de Antonio Ortiz Ramírez, que posteriormente tomaría el nombre de Columna Sur-Ebro. Pocos dias después salía también la Columna Ascaso con los delegados Domingo Ascaso, Gregorio Jover y Cristóbal Aldabaldetrecu, que se dirigió hacia Huesca. Estas primeras columnas pertenecían a la CNT, y fueron las primeras en partir hacia el frente. Las siguió más adelante la Columna Trueba-Del Barrio, organizada por el PSUC y que se dirigió hacia Tardienta y la Columna Rovira-Arquer, del POUM, una de cuyas facciones se situó en Grañen (Alcubierre) y otra en Huesca. El 20 de agosto partió otra columna de la CNT, la Columna de Los Aguiluchos, con Miguel García Vivancos como delegado, con destino a Huesca. Ya en el mes de septiembre partió hacia el frente otra columna de la CNT, la Columna Roja y Negra, como delegado estaba García Pradas, y más o menos por la misma fecha también partía la Columna Macià-Companys, bajo el mando del teniente coronel Jesús Pérez Salas.

Durruti y miembros de la columna de Aragon, Agosto 1936

A medida que la Columna Durruti avanzaba (también con las otras columnas de la CNT) se iban formando colectividades campesinas que abolieron la propiedad privada, el dinero y el asalariado, pues para ellos no tenía sentido la lucha si a la vez no se producía una revolución que llevara a un mundo nuevo. La organización de estas columnas de milicianos fue llevada a cabo por los mismos futuros combatientes, estructura que se conservaría hasta la militarización general en marzo de 1937. El esquema adoptado era sencillo: diez milicianos constituirían un grupo, que nombraría a un delegado de grupo; diez grupos formaban una centuria, que debía elegir a su vez un delegado de centuria; cinco centurias componían una Agrupación, que dispondría de un responsable, que junto a los delegados de centurias formaría el Comité de Agrupación.

Esta organización de las columnas no agradaba, como es lógico, a los asesores militares y técnicos de las Columnas. Así pasaba con Pérez Farràs, militar asesor de la Columna Durruti, que consideraba indispensable la disciplina; pero las ideas de los combatientes anarquistas estaban muy definidas, y el mismo Durruti lo deja muy claro con estas palabras: “Se nos impone la guerra, y la lucha que debe regirla difiere de la táctica con que hemos conducido la que acabamos de ganar, pero la finalidad de nuestro combate es el triunfo de la revolución. Esto significa no solamente la victoria sobre el enemigo, sino que ella debe oponerse por un cambio radical del hombre. Para que ese cambio se opere es preciso que el hombre aprenda a vivir y conducirse como un hombre libre, aprendizaje en el que se desarrollan sus facultades de responsabilidad y de personalidad como dueño de sus propios actos. El obrero en el trabajo no solamente cambia las formas de la materia, sino que también, a través de esa tarea, se modifica a sí mismo. El combatiente no es otra cosa que un obrero utilizando el fusil como instrumento, y sus actos deben tender al mismo fin que el obrero. En la lucha no se puede comportar como un soldado que le mandan, sino como un hombre consciente que conoce la trascendencia de su acto. Ya sé que obtener eso no es fácil, pero también sé que lo que no se obtiene por el razonamiento no se obtiene tampoco por la fuerza. Si nuestro aparato militar de la revolución tiene que sostenerse por el miedo, ocurrirá que no habremos cambiado nada, salvo el color del miedo. Es solamente liberándose del miedo que la sociedad podrá edificarse en la libertad” (Abel Paz, Durruti en la Revolución española, Colección Biografías y Memorias/ 3 Fundación Anselmo Lorezo, pag. 527).

El primer enfrentamiento con los alzados tuvo lugar en Caspe, donde un grupo de milicianos que habían salido por su cuenta de Barcelona el 23 de julio ya luchaban conta ellos. Gracias a la llegada de la columna se pudo recuperar Caspe, y continuaron con Fraga, Candasnos, Peñalba, La Almanda, etc. hasta que el 27 de julio llegaron a Bujaraloz, donde se instaló el Comité de Guerra. Al día siguiente la Columna avanzó en dirección a Pina y Osera, pero al poco de partir aparecieron aviones enemigos que bombardearon la columna, haciendo cundir el pánico entre los milicianos, muchos de los cuales se echaron a correr. La intervención de algunos de los componentes de la Columna evitó una desastrosa retirada. Durruti decidió entonces volver a Bujaraloz para informarse mejor de las posiciones del enemigo antes de atacar. En Bujaraloz Durruti reunió a sus milicianos y les dirigió un discurso en el que destacó la importancia de actuar de forma rápida si se quería tener éxito, ya que los rebeldes contaban con el apoyo de Alemania e Italia y ellos no contaban con ninguna. Su objetivo estaba claro: tomar Zaragoza y después Pamplona, para poder contactar con la zona norte controlada por los republicanos.

Así pues, la columna volvió a ponerse en marcha, ocupando las poblaciones de Pina y Osera y llegando hasta unos 20 kilómetros de Zaragoza, siendo detenidos por el río y por la oposición de las tropas rebeldes de ésta ciudad. El Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña (órgano de coordinación de las fuerzas combativas en los frentes) dio la orden de parar el avance y estabilizar el frente a la espera de que la Columna Ortiz, que había salido de Barcelona el día 25 de julio, pudiera hacer se con las poblaciones de Belchite y Quinto para así situarse al lado de la Columna Durruti, la Columna Ortiz, cuyo delegado general y con el comandante Fernando Salavera como asesor técnico, tenía la misión de ocupar la región situada al sur del río Ebro. A la Columna Ortiz se le acabaron uniendo dos columnas más pequeñas, una mandada por el militante de la CNT Saturnino Carod y formada por aragoneses procedentes de Zaragoza y otra que procedía de Lleida dirigida por el anarquista Hilario Zamora.

Durruti pareció aceptar las teorías de los técnicos militares, que consideraban necesario la llegada de varias columnas que salían desde Barcelona para poder afrontar un ataque frontal a Zaragoza, por lo que se dedicó a reforzar sus posiciones en Pina y Osera y a reestructurar su columna. El retrasar el ataque a Zaragoza es a todas luces un error ya que, según algunos militantes de Aragón como José Alberola, consideraban que había que aprovechar el momento psicológico que había proporcionado la victoria en Barcelona y que tampoco era necesario que fuera un ataque frontal, ya que podía efectuarse por Calatayud a la izquierda y por Tardienta a la derecha. Este error fue reconocido por el propio Durruti más tarde, cuando ya era imposible la toma de esta ciudad, error que justificó por el riesgo de que se produjeran un elevado número de víctimas en un ataque frontal a Zaragoza.

La Columna “Del Barrio”, del PSUC, que llevaba como delegado a Martínez del Barrio y como técnico militar al comandante Sacanell, partió de Barcelona el día 26 de julio. El Comité de Milicias Antifascistas le había encargado la ocupación de la zona comprendida entre Tardienta y la sierra de Alcubierre y alcanzar y tomar Zuera. Esta columna permaneció varios días en Lleida antes de de llegar a su destino y contaba con un grupo de alemanes antifascistas que, dirigidos por Hans Beimler, tomaron el nombre de “Thaelmann”.

El 25 de julio salió para el frente la Columna Rovira-Arquer del POUM, al mando de José Rovira y un excapitán italiano, Russo, como asesor técnico. La misión que le había asignado el Comité de Milicias Antifascistas era el de posicionarse al norte de la Columna “Del Barrio”.

Al sector de Huesca llegaron una pequeña columna del POUM y la Columna Ascaso, con Gregorio Jover y Domingo Ascaso (el hermano de Francisco Ascaso, muerto en los acontecimientos de Barcelona) como delegados. Junto a las fuerzas del coronel Villalba, que se había mantenido leal a la República en Barbastro, se inició el asedio a la ciudad de Huesca.

La estructura organizativa de estas milicias no solo no gustaba a los militares, los periodistas que visitaban la zona se burlaban de este sistema de milicias (la visita a la Columna Durruti era obligada), como es el caso de Koltsov corresponsal ruso del Pravda de Moscú. Daré dos ejemplos de la manipulación de la información realizada por Koltsov en su “Diario de la guerra de España”, también extraídos del libro de Abel Paz:

Lo que dijo Durruti respecto al armamento según Francisco Subirats, presente en el momento de la entrevista: “no se disponía más que de fusiles viejos e insuficientes para armar a todo el mundo, por lo que se habían establecido turnos alternando la función guerrera con los trabajos agrícolas en los que estaban empleados mil quinientos, y que otros estaban entregados a trabajos en una pista entre los pueblos de Gelsa y Pina (…) eso era una verdadera pesadilla, y que tanto era así, que los milicianos estaban obligados a guardar los cartuchos vacíos para enviarlos a Barcelona para ser recargados”. Posteriormente Koltsov aseguraría que Durruti afirmó que el armamento: “era excelente, y que poseía muchas municiones”. (Durruti en la Revolución Española, pág 567)

Respecto a la instrucción militar, Durruti dijo lo siguiente: “A los combatientes se les enseña el funcionamiento de las armas, el ejercicio de tiro, la manera de fortificar una posición, cómo protegerse de los bombardeos, cómo atacar por sorpresa una posición enemiga y, en general, la manera de salir victorioso de un combate cuerpo a cuerpo. Pero aquí no enseñamos a marcar el paso ni a saludar, porque no hay superiores ni inferiores. Las relaciones entre delegados y milicianos son cordiales”. Koltsov tradujo todo esto como: “militarmente, la Columna era un desastre”. (Durruti en la Revolución Española, pág. 567)

Había otros, como el escritor George Orwell, que comprendieron mejor que si no hubiese sido por los milicianos, que se dirigieron inmediatamente hacia el frentes, in perder el tiempo en preparaciones, fueron las que se opusieron a los sublevados, dando tiempo a que se organizara un Ejército. Lo que pasa es que cuando este Ejército, influenciado por los estalinistas, estuvo preparado se dedicó a sofocar la revolución que se había puesto en marcha.

Durante los primeros días de agosto hubo poca actividad en la Columna Durruti, mientras que la Columna Ortiz no conseguía hacerse con la posición fortificada de Belchite, que recibían suministros y refuerzos desde Zaragoza y Calatayud. El Alcubierre tampoco se conseguían avances, ya que los sublevados sabían muy bien que la pérdida de cualquiera de estos sectores podía suponer una caída rápida de Zaragoza. Así que, mientras que se desarrollaba la actividad a los flancos de la capital aragonesa, en el centro del frente, donde estaba ubicada la Columna Durruti, solo había pequeñas escaramuzas. Además había gran escasez de armamento y munciones, que favorecía mucho esta situación de quietud, entonces se intensificaron las acciones de los grupos guerrilleros de la columna, entre ellos un ataque al puesto de mando de Fuentes de Ebro en el que se capturaron más de medio centenar de prisioneros, entre ellos a varios oficiales. Durruti decidió finalmente ir a Barcelona para estudiar, junto al Comité de Milicias Antifascistas, la manera de poder salir de esa situación. En esos momentos la posición más avanzada era Calabazares Altos, desde donde se podía ver Zaragoza, se había ocupado Aguilar, Osera de Ebro, Monegrillo, Farlete y se había cercado Pina; pero la falta de munición no permitía hacer más.

Fue en Barcelona donde García Oliver le comunicó, muy a pesar suyo, la intención del capitán Bayo de desembarcar en Mallorca. Se consideraba que había que postergar el ataque a Zaragoza, ya que las columnas que operaban aun no habían cumplido sus objetivos, considerados básicos para afrontar un ataque frontal a la capital y por otro lado se estaba organizando la expedición a Mallorca por parte del capitán Bayo, que consideraban muy importante para obligar a Italia a intervenir para conservar sus bases lo cual no podía dejar indiferente a Inglaterra, que se vería obligada a intervenir. Durruti no estaba de acuerdo con esta estrategia que se intentaba seguir, consideraba que Inglaterra y los franceses podían llegar perfectamente a un acuerdo con Italia para evitar que no se extendiera el conflicto y que además, si la expedición militar en Mallorca no tenía éxito, se habría perdido un tiempo precioso en Aragón que aprovecharían los facciosos para reforzarse. Durruti consideraba vital actuar rápido en ese frente y conseguir un contacto con la zona republicana norte, y que si esto se conseguía la guerra estaría ganada ya que se podrían concentrar las fuerzas contra el ejército de Franco que desembarcaba en Andalucía; Durruti daba por sentado el bloqueo del mundo capitalista. Durruti pretendía evitar que la revolución se transformara una guerra, ya que entonces la revolución quedaría subordinada a dicha guerra. Pero esta prisa expresada por Durruti iba más allá de la estrategia: “Si esta situación se prolonga, terminará con la revolución, porque el hombre que salga de ella tendrá más de bestia que de humano… Tenemos que darnos prisa, mucha prisa, para terminar cuanto antes” (Durruti en la Revolución Española, pág 559).

El Comité de Guerra de Aragón estaba ubicado en Sariñena y compuesto por delegados de columnas (Ortiz, Durruti, Aldabaldetrecu, José del Barrio y Jorge Arquer) y asesores militares (con el coronel Villalba como consejero mayor, Franco Quinza, comandante Reyes, teniente coronel Joaquín Blanco y los capitanes Medrano y Menéndez). El coronel Villalba pretendía crear otro Comité, cosa que al final haría, en Huesca, dividiendo el frente en dos sectores. Durruti y Ortiz se oponian a este nuevo Comité, que dificultaría la realización de ofensivas generales. El Comité de Guerra de Aragón decidió lanzar un ataque de gran envergadura en el sector de Huesca, según un plan elaborado por el Consejo Técnico Militar del Comité, motivo por el cual tuvo que regresar Durruti de Barcelona. Para dicho ataque se solicitó la ayuda de la Columna Durruti, dada la poca actividad que desarrollaba en esos momentos. Fue por entonces cuando se produjo la visita de Mijail Koltsov mientras Durruti preparaba a sus milicianos para la ofensiva sobre Huesca. Durruti comentó a Koltsov que era importante concentrarse en Zaragoza, pero que el frente se desplazaba en otras direcciones, también le dijo que la inmovilidad en la que se encontraban respondía a una estrategia de los técnicos militares, que consideraban que había que afianzar las posiciones a norte y sur antes de atacar Zaragoza, y que un ataque que pensaban llevar a cabo contra Fuentes de Ebro debía reforzar estas posiciones. Dicho ataque fue descrito por el periodista francés Albert Souillon, que describió la toma de Fuentes de Ebro por la Columna Durruti.

Milicianas

 

Villalba solicitó la ayuda de la Columna Durruti para la toma de Siétamo, así que varias centurias de la Agrupación de José Mira ocuparon Siétamo tras tres días de combates. Una vez ocupada Siétamo, los milicianos de la Columna Durruti la dejaron en poder de los hombres de la columna de Villalba para su defensa, dada su importancia en un futuro ataque contra Huesca. Pero esto también lo sabían los nacionales, que efectuaron un contraataque y derrotaron a los hombres de Villalba a mediados de agosto. Así pues, en septiembre se tuvo que atacar otra vez la posición, y esta vez los nacionales se habían fortificado mejor con seis ametralladoras ubicadas en una posición alta y una batería de artillería. Villalba volvió a pedir ayuda a la Columna Durruti y volvieron a enviarse varias centurias de la Agrupación de José Mira y tras duros combates bajo el bombardeo incesante de la aviación alemana volvieron a ocupar Siétamo, haciendo que los nacionales se retiraran el día 12 de septiembre hacia Estrecho Quinto. La lucha continuó reforzada por varias centurias de la columna del POUM. Se intentó flanquear la fortificada Estrecho de Quinto por el norte, donde se encontró una gran resistencia los días 15 y 18 de septiembre. El día 30 del mismo mes de septiembre se ocupaba las poblaciones de Loporzano y Fornillos, mientras que se atacaba la posición de Tierz y se avanzaba contra Estrecho Quinto, no quedándo más remedio a los nacionalistas que evacuar esta población junto con todas las posiciones que cubrían la ciudad de Huesca por el este. Así pues se ocuparon las posiciones de Siétamo, Loporzano, Monte Aragón y Estrecho Quinto, donde se capturó abundante material militar al enemigo.

Cuando Durruti volvió a Bujaraloz de unos viajes que le habían llevado a Barcelona y Madrid para unos importantes asuntos, se encontró con que la CNT había convocado una Asamblea Regional en Bujaraloz para el 6 de ese mes en las que participarían delegados de las columnas confederales; en tal Asamblea se pretendía crear el Consejo de Defensa de Aragón y la Confederación de Comunidades libertarias de esa región siguiendo los acuerdos tomados en dos Plenos Nacionales de la CNT anteriores en los que se propuso la creación de un Consejo Nacional de Defensa y Comités Regionales de Defensa. Con tal medida se pretendía frenar la influencia que ciertos militares que se oponían al avance de la revolución. Se pretendía de esta manera acabar con la existencia de dos Comités de Guerra autónomos, el de Sariñena y el Norte Aragón, creado por el coronel Villalba y al que se unió Del Barrio. En vez de ocuparse de Huesca el coronel Villalba y Del Barrio se dedicaban a disolver las colectividades libertarias.

Como es de suponer, la noticia de esta Asamblea no hizo mucha gracia en el Norte Aragón ni tampoco agradó mucho a la Generalitat, siendo atacado por la prensa del PSUC. Incluso el propio Comité Nacional de la CNT tampoco estuvo de acuerdo, ya que como el gobierno se negaba a la creación del Consejo Nacional de Defensa, estaban negociando la entrada de la CNT en el gobierno de la República.

El 4 de octubre, coincidiendo con la Asamblea de Bujaraloz, se produjo un ataque de los fascistas en el frente de Perdiguera-Leciñena. Una columna móvil a cargo del teniente coronel Urrutia formada por el batallón n.º 19 de infantería, el “Tercio del Pilar”, tres compañías de carros, tres de ametralladoras del Regimiento de Gerona, ametralladoras de la bandera “Palafox”, cinco compañías de la Falange, dos escuadrones y dos baterías. Eran unos 4000 hombres en total y contaban con el apoyo de la aviación. Atacaron las posiciones de la Columna Durruti en Calabazares-La Puntaza con el objetivo de cortar la carretera entre Osera y Monegrillo y ocupar dichos pueblos. A pesar de la actuación de su aviación, su progresión pudo ser contenida y rechazada. Pero dos días después volvieron al ataque con más efectivos que progresaron por la carretera Villamayor-Farlete, llegando a las proximidades de esta última población, un segundo ataque con caballería se llevaba a cabo por el flanco derecho en el camino Perdiguera-Farlete, lugar del primer ataque. Debido a la superioridad, los milicianos tuvieron que ceder terreno, pero rápidamente se formó una Columna con fuerzas de los demás sectores que dejó a los milicianos de los sectores tranquilos del frente con tan solo 10 cartuchos, tal era la carencia de municiones.

La Columna formada llegó a la zona de la acción cuando los fascistas distaban tan solo un kilómetro de Farlete y su caballería iniciaba un movimiento envolvente por el sur. La caballería fue parada por la artillería y fue obligada a replegarse perseguidos por los camiones blindados. Frenado el movimiento envolvente, la vanguardia del ataque fascista frenó su avance, momento en el que se inició un contraataque que coincidió con la aparición de aviones de bombardeo republicanos. Los fascistas iniciaron la retirada hacia Perdiguera, en la que abandonaron numeroso material militar.

El día 12 los fascistas volvieron a atacar, esta vez contra las posiciones del POUM en Leciñena, que ocuparon al parecer debido a la escasez de municiones de los milicianos. El peligroso avance pudo ser detenido en las proximidades de Alcubierre por los refuerzos que acudieron a la zona.

El día 14 la Columna Durruti preparó una ofensiva para descongestionar el frente y amenazar la carretera de Villamayor-Perdiguera-Leciñena, durante este ataque el Grupo Internacional de la Columna avanzó demasiado perdiendo el contacto con el resto y entrando en Perdiguera, ocupándola; pero desde Zaragoza acudieron refuerzos muy superiores en número que cercaron dicho pueblo e imposibilitaron que la Columna pudiera ir en su auxilio. Tan solo una parte del Grupo Internacional pudo romper el cerco, el resto se parapetaron en las casas del pueblo donde lucharon hasta el fin.

Finalmente quedó establecido el frente que se prolongaba hacia el norte incluyendo el Monte Oscuro, máxima altura de la Sierra de Alcubierre, estableciéndose contacto con la Columna del POUM, que contraatacaba por Alcubierre.

 

Fue después de esta ofensiva cuando la Columna recibió la noticia de la promulgación por parte del gobierno de Largo Caballero del decreto de militarización, promulgación coincidente con la salida para Odesa de las reservas de oro del Banco de España. Fue el primer triunfo de los estalinistas y a partir de entonces empezaron los ataques serios contra anarquistas y trotsquistas, pretendían acabar con el POUM y someter a la CNT-FAI. En Barcelona, la Lluís Companys se aliaba con Esquerra Republicana para zafarse del dominio de la CNT, aliándose a su vez con el PSUC con la condición que Andreu Nin (dirigente del POUM) fuera destituido de su puesto como consejero de Justicia en la Generalitat, a lo que accedieron (El Comité Central de Milicias Antifascistas fue disuelto el 26 de septiembre de 1936 y sus militantes entraron a formar parte de la Generalitat como consejeros).

La Columna Durruti, considerando tan malo para la revolución el dejar de combatir como el someterse al decreto, decidió no darse por enterada y no obstante aplicaron algunas de de las disposiciones que consideraron positivas para evitar acusaciones de indisciplina. Intentaban de esta manera armonizar la actitud anarquista con los decretos gubernamentales.

El siguiente paso fue la nacionalización de la industria de guerra y de otros centros de producción, lo que significaba la pérdida del control de la CNT. Y la cosa no paró ahí, se prohibieron las expropiaciones de todos aquellos que no se pudiera demostrar que eran fascistas, hiriendo de muerte las colectivizaciones agrarias.

En una reunión de la CNT del Centro celebrada el 9 de noviembre, ante la situación angustiante en la que se encontraba la capital, se pidió que Durruti fuera a Madrid para que contribuyera a la resistencia levantando la moral de los combatientes. El gobierno, ya en Valencia, aprovaba la idea y la ministra de la CNT Federica Motseny se comprometió a llegar a un acuerdo con Durruti.

En una conferencia efectuada el 12 de noviembre en la que acudieron todos los delegados de Columna de Aragón en la que se propuso el traslado de unos 12.000 hombres a Madrid, decidiéndose que fuera Durruti su delegado. Aunque Durruti no quería dejar el frente aragonés acabó accediendo viendo que era imposible un ataque a Zaragoza.

Se prepararon para ir a Madrid la I Agrupación de José Mira y la VIII de Liberto Ros, junto a las Centurias internacionales 44, 48 y 52. Eran milicianos ya curtidos en los combates en Aragón y había entre ellos muchos mineros hábiles con la dinamita. El total de hombres ascendía a unos 1400 hombres y su Comité de Guerra estaba formado por Miguel Yoldi, Ricardo Rionda, Manzana y Mora. Los rusos se comprometieron a armar la columna, lo que hicieron con material comprado a suizos y mexicanos que no era más que pura chatarra (winchester, fusiles máuser de calibre diferente al español y de mala calidad, fusiles suizos del 1886…). Durruti tuvo que pedir a Barcelona que les proporcionara cinco mil bombas de mano del tipo “FAI”.

Blindado obrero

Durruti llegó junto con García Oliver a Madrid el día 14 para preparar la llegada de su Columna. La Columna llegó en el día 15 y sin descansar, en la madrugada del día 16 ya estaban dispuestos para intervenir en la contraofensiva contra la Ciudad Universitaria, donde habían llegado ya los nacionalistas. Al amanecer del día 16, los hombres de Liberto se desplegaron por el Parque del Oeste y avanzaron encontrando gran resistencia hasta ocupar el Instituto Rubio. Mientras tanto José Mira se desplegaba por el flanco izquierdo, y debían avanzar, por el Asilo de Santa Cristina, la Casa Velázquez y la facultad de Filosofía y Letras, donde debían contactar con los milicianos de Liberto y la XI Brigada Internacional, pero se encontraron con las tropas nacionalistas ya que habían elegido ese momento para atacar entablándose combate. A las siete de la mañana se consiguió ocupar el Hospital Clínico que quedó al cargo de la Centuria 44 y su delegado Mayo Farrán. A las once de la mañana, los milicianos del Clínico fueron relevados por tropas del V Regimiento de Kléber, que llegaban tarde. Durante la noche que va del día 16 al 17 se estuvo luchando para ocupar la Casa Velázquez y Filosofía y Letras, mientras que en el Clínico casi no había lucha. Al parecer las tropas que ocupaban el Hospital Clínico fueron evacuadas o abandonadas a las 23:00 de esa noche. Los hombres de Mira pudieron contactar finalmente con los internacionales y iniciar el asalto a la facultad de Filosofía y Letras.

El día 17 las tropas nacionalistas de Asensio iniciaron un ataque en tres direcciones, Barrón atacaría sobre la Residencia de Estudiantes y dos columnas de Serrano atacarían el Asilo de Santa Cristina y el Hospital Clínico. En el Asilo de Santa Cristina se encontraba parte de las fuerzas de la Columna Durruti que se batieron contra los asaltantes, paso necesario antes de atacar el Hospital Clínico. Durante estos combates parte de las tropas huyeron, sobretodo las que habían quedado en el Hospital Clínico después de la evacuación de la noche anterior. Parte de los que huían, muchos de los cuales no pertenecían a la Columna Durruti, fueron detenidos por un grupo organizado por Miguel Yoldi. Los milicianos de la Columna ocuparon posiciones frente al Hospital Clínico.

En la noche del día 17 se procedió a la reagrupación de los restos de la Columna Durruti sin abandonar las posiciones que ocupaban, y apenas quedaban 700 hombres en malas condiciones de los 1700 hombres que iniciaron el ataque. Esa noche continuaron los ataques. La Columna Durruti era la única que no alternaba a sus fuerzas, estando todas en combate; Durruti intentó que reemplazaran a sus hombres y acudió a Ministerio de la Guerra, donde informó que no le quedaban más de 400 hombres, allí le prometieron que intentarían reemplazarlos el día 19 y que hasta entonces tenían que aguantar. Pensaban acertadamente que si los nacionalistas no conseguían pasar en 24 horas se dedicarían a mantener las posiciones para futuros ataques. Madrid resistía, las Brigadas Internacionales, los aviones y tanques rusos habían hecho su aparición y la propaganda comunista sacaba mucho provecho de ello.

El día 19 el Estado Mayor puso a disposición de la Columna unas fuerzas que acababan de llegar de Barcelona, y fue con estas tropas más una Centuria mandada por Villanueva proporcionada por Cipriano Mera. Con estas fuerzas atacaron el Hospital Clínico. A las siete de la mañana ocupaban algunos de los pisos del Hospital. Pero los milicianos, debido a la resistencia que encontraron en las plantas bajas, se fueron hacia pisos superiores. Los nacionalistas consiguieron ocupar toda la planta baja aislando a los milicianos de los pisos superiores. Por esta razón, Durruti decidió enviar un batallón de reserva con el que contaba para ayudarles. Ese mismo día, 19 de noviembre de 1936 Durruti fue mortalmente herido frente a la cárcel Modelo muriendo al día siguiente en el hotel Ritz, convertido en el hospital de los milicianos catalanes. Se dijo que su muerte fue debida a una bala perdida procedente de la Ciudad Universitaria aunque se rumoreó también que lo había matado uno de sus hombres. El entierro de Durruti en Barcelona fue un acontecimiento extraordinario, durante todo el día desfilaron por la Diagonal de Barcelona una procesión de ochenta a cien personas y por la tarde una multitud de 200.000 personas le aclamaron.

Durruti junto a un miliciano

El 23 de julio de 1936 García Oliver se dirigió por radio a los obreros aragoneses, con un discurso incendiario, incitándolos a la lucha:
“Salid de vuestras casas. Arrojaos sobre el enemigo. No aguardéis un minuto más. En este preciso instante habéis de poner manos a la obra. En esta tarea han de destacarse los militantes de la CNT y de la FAI. Nuestros camaradas han de ocupar la vanguardia de los combatientes. Y si es preciso morir, hay que morir (…). Os decimos que Durruti y el que os habla -García Oliver- partirán al frente de las columnas expedicionarias. Mandamos una escuadrilla de aviación para bombardear los cuarteles. Los militantes de la CNT y de la FAI han de cumplir con el deber que exige la hora presente. Emplead toda clase de recursos. No aguardéis a que yo finalice mi discurso. Abandonad vuestras casas, quemad, destruid. Batid al fascismo”(66).
El anuncio de que se estaban organizando columnas obreras para marchar sobre Aragón suscitó enorme entusiasmo en Barcelona. Los obreros acudieron a sus respectivos sindicatos para inscribirse como voluntarios y los Comités de Barrio comenzaron a tomar la iniciativa de instruir a los voluntarios en los campos de fútbol, u otros terrenos, en las normas más elementales de la lucha, así como en el lanzamiento de bombas de mano y el funcionamiento del fusil.
Entre los inscritos los había de todas las edades, yendo desde los catorce hasta los sesenta años. Y prevalecían activos y competentes militantes obreros y jóvenes libertarios. Inmediatamente se tomó conciencia de que si lo más capaz y mejor preparado de la CNT y de las Juventudes Libertarias salían para el frente, la retaguardia quedaría en manos de los últimos llegados, lo que podría poner en peligro el proceso de autogestión que se estaba llevando a cabo por los obreros, y que se extendía como mancha de aceite. El entusiasmo hubo de frenarse, reflexionando que si bien era importante pegar tiros, aún era más vital triunfar en la expropiación colectiva que se estaba llevando a término, y salir airosos en la nueva etapa económica y social, puesto que de ella dependería, en última instancia, el triunfo de la revolución con la afirmación de la capacidad política y económica de la clase obrera(67).
Esta movilización obrera era única en su género. No había sido decretada por nadie y brotaba directamente de la base. Los voluntarios discutían entre sí sobre la mejor manera de organizarse, porque no se quería resucitar ni el espíritu militarista ni la jerarquía de mando. Y fue de esas conversaciones entre los futuros combatientes que apareció la estructura y organización de las milicias, que se conservaría hasta la militarización general en marzo de 1937. La organización ideada era simple: diez hombres constituirían un grupo que nombraría un delegado; diez grupos formarían una centuria que elegiría a su vez su delegado de centuria; y cinco centurias formarían una Agrupación a cuya cabeza se situaría a un responsable que, junto con los delegados de centurias, formaría el Comité de Agrupación(68).
Pérez Farràs, en tanto que militar y asesor técnico que sería de la Columna “Durruti” que se estaba formando, inmediatamente mostró su desacuerdo sobre esa forma de organización, manifestándose pesimista sobre su valor combativo. Durruti se apercibió pronto que Pérez Farràs no sería mucho tiempo su asesor técnico-militar, y eligió al sargento de artillería Manzana, que comprendía mejor la psicología de los anarquistas hostiles a todo cuanto significara la práctica piramidal militar de manda y obedece. Como asesores, a Manzana y a Carreño, un maestro de escuela, Durruti les confió la tarea de dotar a la Columna con piezas de artillería, municiones y un cuerpo sanitario con médicos y enfermeras, dotados de un quirófano de urgencia.
Manzana, sin muchas explicaciones, comprendió pronto lo que Durruti deseaba de él, y se las compuso a las mil maravillas para cumplir su misión. Conocía a varios soldados de los que se incorporaron a la formación de la Columna, y también a algunos oficiales, y, contando con el apoyo de Durruti y con la idea de que pudieran servir de auxilio instructor a los demás, toda esa gente fue introduciéndose por entre los grupos formados, pero sin violencias, fraternalmente.
[b]Sin embargo, por su lado, Pérez Farràs continuaba pensando de la misma manera, y terminó por plantear la cuestión directamente a Durruti:
“-Con ese método no se puede combatir”.
Y Durruti le repuso:
“-Ya lo dije, y vuelvo ahora a repetirlo: durante toda mi vida me he comportado como anarquista, y el hecho de haber sido nombrado delegado responsable de una colectividad humana no puede hacer cambiar mis convicciones. Fue bajo esa condición que acepté cumplir la tarea que me ha encomendado el Comité Central de Milicias.
“Pienso -y todo cuanto está sucediendo a nuestro alrededor confirma mi pensamiento- que una milicia obrera no puede ser dirigida según las reglas clásicas del Ejército. Considero pues, que la disciplina, la coordinación y la realización de un plan, son cosas indispensables. Pero todo eso no se puede interpretar según los criterios que estaban en uso en el mundo que estamos destruyendo. Tenemos que construir sobre bases nuevas. Según yo, y según mis compañeros, la solidaridad entre los hombres es el mejor incentivo para despertar la responsabilidad individual que sabe aceptar la disciplina como un acto de autodisciplina.
“Se nos impone la guerra, y la lucha que debe regirla difiere de la táctica con que hemos conducido la que acabamos de ganar, pero la finalidad de nuestro combate es el triunfo de la revolución. Esto significa no solamente la victoria sobre el enemigo, sino que ella debe obtenerse por un cambio radical del hombre. Para que ese cambio se opere es preciso que el hombre aprenda a vivir y conducirse como un hombre libre, aprendizaje en el que se desarrollan sus facultades de responsabilidad y de personalidad como dueño de sus propios actos. El obrero en el trabajo no solamente cambia las formas de la materia, sino que también, a través de esa tarea, se modifica a sí mismo. El combatiente no es otra cosa que un obrero utilizando el fusil como instrumento, y sus actos deben tender al mismo fin que el obrero. En la lucha no se puede comportar como un soldado que le mandan, sino como un hombre consciente que conoce la trascendencia de su acto. Ya sé que obtener esto no es fácil, pero también sé que lo que no se obtiene por el razonamiento no se obtiene tampoco por la fuerza. Si nuestro aparato militar de la revolución tiene que sostenerse por el miedo, ocurrirá que no habremos cambiado nada, salvo el color del miedo. Es solamente liberándose del miedo que la sociedad podrá edificarse en la libertad”
Durruti se había expresado con suma claridad, y su propósito no era otro que unir la teoría con la práctica y viceversa. Como anarquista él deseaba continuar siendo fiel a sus concepciones libertarias, a pesar de asumir la responsabilidad de dirigir una columna obrera que partía en lucha hacia el frente de Aragón[/b].
Mientras tanto, los preparativos de la expedición a Zaragoza proseguían avanzando. Y pronto, en tierras de Aragón, iban a librarse batallas importantes, tanto en el frente de la guerra como en el frente de la revolución campesina. En Zaragoza se encontraba el cuartel general de la V División Militar bajo el mando del general Miguel Cabanellas. Las fuerzas que este general mandaba en Zaragoza comprendían:
“Dos Brigadas de Infantería: la IX (cuartel general, Zaragoza) y la X (cuartel general, Huesca), más una Brigada de Artillería, la V (Zaragoza), con cuatro Regimientos de Infantería, dos de Artillería, un Batallón de Ingenieros y los Servicios correspondientes.
“Había, además, como unidades no divisionarias, un Regimiento de Carros, otro de Caballería, un Destacamento del Depósito de Remonta, un grupo de Defensa contra Aeronaves, un Parque de Cuerpo de Ejército, un Batallón de Pontoneros y una Comandancia de Sanidad.
“Como mandos principales se encontraban los generales don Miguel Cabanellas (V División), Alvarez Arenas (IX Brigada), De Benito (X Brigada) y don Eduardo Martín González (V de Artillería).
“No deben olvidarse aquí las fuerzas de Orden Público. A las de Asalto de Zaragoza, había que agregar dieciocho compañías de la Guardia Civil y cinco de Carabineros.
“Los efectivos de las unidades del Ejército se encontraban muy mermados, pero, como compensación, puede decirse que, desde sus jefes más altos a los más subalternos, se encontraban, casi sin excepción, magníficamente dispuestos en favor de los planes del general Mola”(71)
José Chueca, refiriéndose a la pérdida de Zaragoza, se pregunta:
“¿Pudimos haber hecho más de lo que hicimos? Es posible. Fiamos excesivamente en las promesas del gobernador civil (Vera Coronel) y concedimos demasiado valor a nuestras fuerzas; no quisimos prever que frente a una acción violenta, como la que podía desencadenar el fascismo, hacía falta algo más contundente que treinta mil obreros organizados en las Sindicatos”(72)
Y Martínez Bande escribe:
“En la misma noche del 17, y nada más tenerse conocimiento de lo ocurrido en Marruecos, masas muy decididas de extremistas se adueñaron de las principales calles. Transcurrió en una tensa expectativa todo el día 18, en que numerosos grupos de voluntarios acudieron a los cuarteles, proclamándose en la madrugada del 19 el Estado de Guerra. Contra esta medida reaccionó la CNT, declarando el mismo día la huelga general revolucionaria, que el 22 quedaba estrangulada, gracias a las enérgicas resoluciones de las autoridades militares y no sin diversos choques.
“En Calatayud, el coronel Muñoz Castellanos declaró el Estado de Guerra el día 20, sin incidentes; pero bastantes pueblos tuvieron que ser rescatados por destacamentos del Ejército, fuerzas del Orden Público y paisanos voluntarios. Al norte del Ebro, fueron siete pueblos, en las riberas, cuatro, y al sur del Ebro, diez con Belchite”(73)
En las condiciones en que habían caído Zaragoza y Calatayud, cayeron también en manos de los sublevados Huesca y Teruel. Como un islote quedaba Barbastro en manos de los soldados que mandaba el coronel republicano Villalba.
Este era el cuadro que ofrecía el territorio aragonés, cuando Durruti, al frente de unos dos mil milicianos, se propuso conquistar Zaragoza.
El 24 de julio, a las diez de la mañana, la Columna “Durruti” debía salir del Paseo de Gracia en dirección Zaragoza, vía Lérida. A las ocho de la mañana, Durruti habló por radio dirigiéndose a la población obrera de Barcelona para pedirles que contribuyeran con artículos alimenticios al abastecimiento de la Columna. Esta llamada insólita sorprendió a todo el mundo. Y, lógicamente, había motivo para ello. La distribución de los alimentos estaba a cargo, en parte, de los Comités de Barrio, del

Sindicato de la Alimentación y del Comité Central de Milicias Antifascistas. Por tanto ¿es que dichos organismos negaban a Durruti la posibilidad de constituirse una intendencia? Pronto Durruti satisfizo la curiosidad:
[b]“-El arma más potente de la revolución es el entusiasmo. En la revolución se triunfa cuando todo el mundo está interesado en la victoria, haciendo de ella cada uno su causa personal. La respuesta a mi llamada -les dijo a los que mostraron su sorpresa- nos dará la medida del interés que pone la ciudad de Barcelona en la revolución y su victoria. Además, esto es una manera de situar a cada uno frente a su propia responsabilidad, una ocasión para que todo el mundo tome conciencia de que nuestra lucha es colectiva y que su triunfo depende del esfuerzo de todos. Este y no otro es el sentido de nuestra llamada”[/b], concluyó Durruti(74)
Poco antes de salir la Columna “Durruti” fue cuando su delegado, que se encontraba discutiendo en el Sindicato Metalúrgico sobre una cuestión de blindaje de camiones, recibió al periodista del Toronto Star, [b]Van Passen, que publicaría un reportaje bajo el título: “Dos millones de anarquistas luchan por la revolución”. En el mismo comienza inmediatamente por poner a Durruti ante el lector:
“Es un hombre alto, moreno, de rasgos morunos. Hijo de humildes campesinos. Su voz aguda, casi gutural”.
Van Passen le preguntó si él consideraba ya aplastados a los militares rebeldes:
“-No, todavía no los hemos vencido” contestó francamente. Y agregó: “Ellos tienen Zaragoza y Pamplona. Ahí es donde están los arsenales y las fábricas de municiones. Tenemos que tomar Zaragoza y después saldremos al encuentro de las tropas compuestas de Legionarios Extranjeros, que ascienden desde el Sur, mandadas por el general Franco. Dentro de dos o tres semanas nos encontraremos entregados en batallas decisivas.
“-¿Dos o tres semanas?” preguntó intrigado el periodista.
“-Dos o tres semanas o quizá un mes -afirmó Durruti-. La lucha se prolongará como mínimo todo el mes de agosto. El pueblo obrero está armado. En esta contienda el Ejército no cuenta. Hay dos campos: los hombres que luchan por la libertad y los que luchan por aplastarla. Todos los trabajadores de España saben que si triunfa el fascismo vendrá el hambre y la esclavitud. Pero los fascistas también saben lo que les espera si pierden. Por eso esta lucha es implacable. Para nosotros de lo que se trata es de aplastar al fascismo, de manera que no pueda levantar jamás la cabeza en España. Estamos decididos a terminar de una vez por todas con él, y esto a pesar del Gobierno…
“-¿Por qué dice usted a pesar del Gobierno? ¿Acaso no está este Gobierno luchando contra la rebelión fascista?, pregunté sorprendido.
“-Ningún Gobierno en el mundo pelea contra el fascismo hasta suprimirlo -me respondió Durruti-. Cuando la burguesía -agregó- ve que el poder se le escapa de las manos, recurre al fascismo para mantener el poder de sus privilegios. Y esto es lo que ocurre en España. Si el Gobierno republicano hubiera deseado terminar con los elementos fascistas, hace ya mucho tiempo que hubiera podido hacerlo. Y en lugar de eso, temporizó, transigió y malgastó su tiempo buscando compromisos y acuerdos con ellos. Aún en estos momentos, hay miembros del Gobierno que desean tomar medidas muy moderadas contra los fascistas. ¡Quién sabe -dijo Durruti, riendo- si aún el Gobierno espera utilizar las fuerzas rebeldes para aplastar el movimiento revolucionario desencadenado por los obreros!
“-¿Entonces -preguntó Van Passen- usted ve dificultades aun después que los rebeldes sean vencidos?
“-Efectivamente. Habrá resistencia por parte de la burguesía, que no aceptará someterse a la revolución que nosotros mantendremos en toda su fuerza”, contestó Durruti.
El periodista le señaló la contradicción en que se encontraba la revolución que mantenían los anarquistas:
“-Largo Caballero e Indalecio Prieto han afirmado que la misión del Frente Popular es salvar la República y restaurar el orden burgués. Y usted, Durruti, usted me dice que el pueblo quiere llevar la revolución lo más lejos posible. ¿Cómo interpretar esta contradicción?”
“-El antagonismo es evidente -me respondió-. Como demócratas burgueses, esos señores no pueden tener otras ideas que las que profesan. Pero el pueblo, la clase obrera, está cansado de que se le engañe. Los trabajadores saben lo que quieren. Nosotros luchamos no por el pueblo sino con el pueblo, es decir, por la revolución dentro de la revolución. Nosotros tenemos conciencia de que en esta lucha estamos solos, y que no podemos contar nada más que con nosotros mismos. Para nosotros no quiere decir nada que exista una Unión Soviética en una parte del mundo, porque sabíamos de antemano cuál era su actitud en relación a nuestra revolución. Para la Unión Soviética lo único que cuenta es su tranquilidad. Para gozar de esa tranquilidad, Stalin sacrificó a los trabajadores alemanes a la barbarie fascista. Antes fueron los obreros chinos, que resultaron victimas de ese abandono. Nosotros estamos aleccionados, y deseamos llevar nuestra revolución hacia adelante, porque la queremos para hoy mismo y no, quizá, después de la próxima guerra europea. Nuestra actitud es un ejemplo de que estamos dando a Hitler y a Mussolini más quebraderos de cabeza que el Ejército Rojo, porque temen que sus pueblos, inspirándose en nosotros, se contagien y terminen con el fascismo en Alemania y en Italia. Pero ese temor también lo comparte Stalin, porque el triunfo de nuestra revolución tiene necesariamente que repercutir en el pueblo ruso”.
Van Passen recapitula:
“Este es el hombre que representa a una organización sindical que cuenta aproximadamente con dos millones de afiliados y sin cuya colaboración la República no puede hacer nada, incluso en el supuesto de una victoria sobre los sublevados. Yo quise conocer su pensamiento porque para comprender lo que está sucediendo en España es preciso saber cómo piensan los trabajadores. Por esa razón he interrogado a Durruti, porque por su importancia popular es un auténtico y característico representante de esos trabajadores en armas. De sus respuestas resulta claramente que Moscú no tiene ninguna influencia ni autoridad para hablar en nombre de los trabajadores españoles. Según Durruti, ninguno de los Estados europeos se siente atraído por el sentimiento libertario de la revolución española, sino deseosos de estrangularla.
“-¿Espera usted alguna ayuda de Francia o de Inglaterra, ahora que Hitler y Mussolini han comenzado a ayudar a los militares rebeldes? pregunté.
“-[u]Yo no espero ninguna ayuda para una revolución libertaria de ningún gobierno del mundo”[/u] respondió Durruti secamente. Y agregó: “-Puede ser que los intereses en conflictos de imperialismos diferentes tengan alguna influencia en nuestra lucha. Eso es posible. El general Franco está haciendo todo lo posible para arrastrar a Europa a una guerra, y no dudará un instante en lanzar a Alemania en contra nuestra. Pero, a fin de cuentas, yo no espero ayuda de nadie, ni siquiera, en última instancia, de nuestro Gobierno.
“-¿Pueden ustedes ganar solos?, pregunté directamente.
Durruti no respondió. Se tocó la barbilla, pensativamente. Sus ojos brillaban. Y Van Passen insistió en la pregunta:
“-Aun cuando ustedes ganaran, iban a heredar montones de ruina -me aventuré a interrumpir su silencio”.
Durruti pareció salir de una profunda reflexión, y me contestó suavemente, pero con firmeza:
“-[u]Siempre hemos vivido en la miseria, y nos acomodaremos a ella por algún tiempo. Pero no olvide que los obreros son los únicos productores de riqueza. Somos nosotros, los obreros, los que hacemos marchar las máquinas en las industrias, los que extraemos el carbón y los minerales de las minas, los que construimos ciudades… ¿Por qué no vamos, pues, a construir y aún en mejores condiciones para reemplazar lo destruido? Las ruinas no nos dan miedo. Sabemos que no vamos a heredar nada más que ruinas, porque la burguesía tratará de arruinar el mundo en la última fase de su historia. Pero -le repito- a nosotros no nos dan miedo las ruinas, porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones, dijo, murmurando ásperamente. Y luego agregó: Ese mundo está creciendo en este instante”(75)[/b][/u]
Hacia las diez de la mañana, los voluntarios que iban a integrar la Columna “Durruti” comenzaron a afluir al Paseo de Gracia, donde un numeroso público había acudido también a presenciar la marcha de aquella extraña caravana, compuesta de camiones, autobuses, taxis y turismos. El entusiasmo era inmenso. El triunfo rápido en Barcelona autorizaba el optimismo. Y esa expedición hacia Aragón era concebida por muchos como un rápido paseo.
Hacia el mediodía, la columna compuesta de unos dos mil hombres se puso en marcha en un delirio de vivas, de puños levantados y de estribillos de cantos revolucionarios, sonando el más potente de “¡A las Barricadas!” el himno de la CNT-FAI.
A la cabeza iba un camión con una docena de jóvenes, entre los cuales destacaba la hercúlea figura de José Hellín blandiendo una bandera rojinegra, que por defenderla en Madrid morirá el 17 de noviembre, haciendo saltar a bombazos las tanquetas italianas. Detrás seguía la centuria que llevaba como delegado al metalúrgico Arís. Luego cinco centurias, que pronto iban a destacarse como una verdadera fuerza de élite como dinamiteros: eran los mineros de Figols y Sallent; y también los marineros del Transporte Marítimo, que se destacarían como guerrilleros, llevando siempre en la delantera al marinero Setonas.
Como delegado de la III Centuria iba El Padre, viejo luchador que había formado en las filas de Pancho Villa en la revolución mexicana. La IV Centuria llevaba como delegado al obrero del textil Juan Costa; y la V, formada exclusivamente de obreros metalúrgicos, la representaba el joven libertario Muñoz, de 19 años.
Entre dos autocares marchaba un “Hispano”, en el que iban Durruti y Pérez Farràs. Durruti iba silencioso, extraño y ajeno a los vivas y los puños levantados. Sentía la responsabilidad que las circunstancias le habían deparado. El setenta por ciento de los hombres que componían su columna era la flor y nata de las juventudes anarquistas de Barcelona. Jóvenes, y menos jóvenes, todos conocieron antes y durante el 19 de julio los combates callejeros y los enfrentamientos contra la Fuerza Pública. Pero no conocían la lucha en terreno descubierto, es decir, la guerra.
Antes de salir de Barcelona, Durruti se dirigió a los hombres de la Columna con un discurso en el cuartel Bakunin. En él quiso prevenir a todos sobre la diferencia que existía entre la lucha que ellos conocían y la que se iba a afrontar en Aragón. Pero él sabía que las palabras no pueden sustituir a la experiencia. Habló de los bombardeos de la aviación y de los cañonazos que precedían a los ataques. De los combates cuerpo a cuerpo con arma blanca. Y sobre todo insistió en la diferencia que existía entre un ejército burgués y el proletariado en armas, en su comportamiento con los campesinos y las poblaciones de retaguardia.
Seguía aún en pie el problema del mando. Su posición había sido netamente expuesta ante el Comité Central de Milicias Antifascistas, y repetida más tarde a Pérez Farràs. Durruti conocía la confianza que le otorgaban sus compañeros, y que yendo él delante todos le seguirían, incluso si los llevaba a la muerte. Pero la muerte no era el fin que perseguía Durruti, sino la vida. Un militar puede, desde su puesto de mando y sin ningún escrúpulo, enviar a la gente a la muerte; reemplaza las bajas y asunto concluido. Pero Durruti sabía que la mayor parte de los hombres que le seguían eran militantes revolucionarios, y tales hombres son irremplazables. En su reflexión entraban unas palabras que pronunciara Néstor Makhno en su presencia:
[u]“La diferencia que existe entre un militar que manda y un revolucionario que dirige, reside en que el primero se impone por la fuerza, mientras que el segundo no dispone de más autoridad que la que se deriva de su propia conducta”[/u](76)
Vicente Guarner juzga a los dos hombres que iban al frente de la Columna:
[u]“Durruti, el jefe, a quien traté personalmente, era de una personalidad impresionante. De unos cuarenta años, decidido, de mirada penetrante e infantil, de estatura más que mediana, había sido obrero ferroviario. Pérez Farràs, leridano, era de un valor impulsivo, vehemente en sus opiniones, alto de estatura, de frente despejada y con talento natural, oscurecido por momentáneas obcecaciones…”[/u](77)
Mientras la Columna “Durruti” seguía vía Lérida hacia Zaragoza, García Oliver no perdía su tiempo en el Departamento de Guerra. El día 23 de julio recibió a Julio Alvarez del Vayo, que llegaba de Francia y que se dirigía a Madrid. Habló con él y le insistió -dada su personalidad e influencia en los medios socialistas, particularmente cerca de Largo Caballero, y el peso que ese partido tenía sobre el Gobierno Giral- para que se comprendiera bien en Madrid que la guerra había que ganarla en Marruecos y no en la Península. Era preciso que el Gobierno republicano -le insistió García Oliver a Alvarez del Vayo- haga una declaración pública, declarando la independencia del protectorado español de Marruecos. Si el Gobierno español hace eso, señaló García Oliver, el general Franco está derrotado en su propia retaguardia, y el dominio de la Península por nosotros es cuestión de días. Alvarez del Vayo se comprometió a exponer en Madrid sus puntos de vista, pero, “desgraciadamente -según confesión de Alvarez del Vayo- en Madrid no hubo comprensión y no se prestó atención a lo expuesto por García Oliver”(78)
No obstante, García Oliver confiaba poco en Alvarez del Vayo, y lo que pudiera hacerse en Madrid, y comenzó por sí mismo la tarea de sublevar Marruecos:
“Días antes de nuestra revolución, el compañero de Artes Gráficas, José Margeli, que estaba muy ligado a mí y a nuestra obra, me presentó a un tal Argila(79), egipcio y profesor de idiomas en la Academia Berlitz. Según me contó Margeli después, Argila, y antes su padre, eran miembros prominentes del mundo árabe, bastante ligados al Comité Pan-islámico que operaba en Ginebra(80). Al producirse el movimiento y apreciar nosotros cuán pocas ideas tenían los miembros de los gobiernos de la República, que estaban dimitiendo continuamente, llamé a Margeli y a Argila al Comité de Milicias de Cataluña, del que yo formaba parte y detentaba la Jefatura del Departamento de Guerra. Le pregunté a Argila cuáles eran las relaciones que tenía con el mundo oficial panislámico de Ginebra. Me contestó que él era su agente oficial en España, y que, como tal, se ponía a mi disposición. Considerando cuán importante podía llegar a ser el entrar en relaciones con los jefes conspiradores del mundo árabe, les di cita para el día siguiente si Argila, junto con Margeli, estaban dispuestos a encabezar una misión con el encargo de conseguir una alianza activa de nosotros y el mundo árabe. De acuerdo con Argila y Margeli, planteé el asunto a Marianet, secretario del Comité Regional de la CNT en Cataluña, quien se mostró de acuerdo en que yo siguiese adelante. Igualmente informé de las posibilidades que ofrecía el asunto en la reunión que celebramos cada noche del Comité Central de Milicias, estando todos de acuerdo y concediéndome las más amplias facilidades.
“Al día siguiente comparecieron Margeli y Argila. A ellos les acoplé al compañero Magriña, que lo tenía representándome en el Departamento de Propaganda del Comité Central de Milicias. Todos perfectamente informados por mí de lo que esperaba de la gestión en Ginebra, provistos de cartas acreditativas, de pasaporte y de dinero, partieron…”(81)
“Salimos en avión directos a París, para procurarnos una dirección que fue de Ginebra, y otra vez en avión salimos para Suiza. En Ginebra nos instalamos en el Hotel de Rusia. Establecido contacto, fuimos a entrevistarnos con un señor de edad avanzada, instalado en un lujoso domicilio que nos invitó a comer al estilo y costumbre de su país, con bastante solemnidad y señalado lujo.
“Durante la comida, mi acompañante le informó del objeto de la visita, y al quedar informado prometió trasladar nuestras propuestas a los líderes nacionalistas marroquíes. Se trataba, en concreto, de solicitar la ayuda de Torres y su organización para la causa de la República española en Marruecos, a cambio de concederles la independencia o la autonomía, según ellos lo entendieran”(82)

 

La revolución social española se inició el 18 de julio de 1936, luego del golpe de estado dado por las fuerzas fascistas al entonces gobierno del Frente Popular. Esta revolución, de carácter anarquista, fue promovida por la CNT-FAI principalmente, y se caracterizó por la organización de más de cinco millones de personas bajo el comunismo libertario, con cooperativas campesinas y las fábricas bajo control obrero. Sin bien la revolución en sí fue de corta duración, sus lecciones nos quedan hasta nuestros días, y fue la comprobación de que la anarquía es perfectamente aplicable en la vida real.

En este discurso, Buenaventura Durruti, anarquista español famoso por sus actos de expropiación (Robo bancos hasta en Chile) y por el aporte a la revolución española, aborda el problema de la retirada de las fuerzas cenetistas del valle del Ebro, y destaca la preocupante situación de los campesinos que quedaron al amparo de las balas fascistas. En este texto no buscamos enaltecer a Durruti ni mucho menos darle créditos a la CNT, sabemos que hubieron errores que no se pueden perdonar (Ministros de la CNT en la Generalitat catalaña y en el gobieno del Frente Popular), pero también sabemos que la CNT fue y es el arma principal de lucha de los y las trabajadoras españolas.

 

DISCURSO DE BUENAVENTURA DURRUTI ANTE LA PÉRDIDA DEL VALLE DEL EBRO (AGOSTO DE 1936)

“Amigos, nadie ha venido a esta Columna forzado. Es cada uno de vosotros que habéis elegido libremente vuestra suerte, y la suerte de la primera columna de la CNT y de la FAI es muy ingrata. García Oliver lo anunció por radio en Barcelona: salíamos para Aragón a conquistar Zaragoza o dejar la vida en el intento. Yo repito la misma cosa: antes que retroceder, hay que morir. Zaragoza está en manos de los fascistas, y allí se encuentran centenares, miles de obreros bajo la amenaza de los fusiles, que pueden dispararse a cada instante ocasionando la muerte de nuestros hermanos. ¡¿ Para qué hemos salido de Barcelona, sino es para liberarles?! Ellos nos esperan y nosotros, ante el primer ataque enemigo, echamos a correr. ¡Hermosa manera de mostrar al mundo y a nuestros compañeros el coraje de los anarquistas que se llenan de miedo ante tres aviones!

La burguesía no nos permitirá implantar el comunismo libertario simplemente porque ése es nuestro deseo.La burguesía resistirá porque ella defiende sus intereses y sus privilegios. El único medio que tenemos nosotros para implantar el comunismo libertario es destruyendo la burguesía. El camino de nuestro ideal es seguro, pero hay que seguirlo con coraje. Esos campesinos que hemos dejado tras nosotros, y que han comenzado a poner en práctica nuestras teorías, lo han hecho tomando nuestros fusiles como garantía de su cosecha. Si dejamos el camino libre al enemigo, eso quiere decir que esas iniciativas tomadas por los campesinos son inútiles, y lo que es peor aún, los vencedores les harán pagar su audacia asesinándoles. Es éste y no otro el sentido de nuestro combate. Lucha ingrata que no se parece a ninguna de las que hemos librado hasta ahora. Lo que ha pasado hoy no es nada más que una simple advertencia. Ahora la lucha va a empezar de verdad. Nos enviarán toneladas de metralla y tendremos que defendemos con bombas de mano y hasta con cuchillos. A medida que el enemigo se sienta cercado nos morderá como una bestia acorralada. y morderá duramente. Pero aún no ha llegado a ese punto, y ahora se bate para no caer bajo el peso de nuestras armas. y es más, él cuenta con el apoyo de Alemania y de Italia, y nosotros contamos nada más que con la fe en nuestro ideal, pero contra esa fe se han quebrado los dientes todas las represiones. y hoy se los tiene que quebrar también el fascismo.

Nosotros contamos a nuestro favor la victoria que hemos conseguido en Barcelona, y debemos aprovechar con rapidez esa ventaja, porque si no la aprovechamos, el enemigo, abastecido por los alemanes e italianos, será más fuerte que nosotros y nos impondrá la dura ley del vencido.

Nuestra victoria depende de la rapidez de nuestra acción. Cuanto más pronto ataquemos, más posibilidades tenemos de triunfo. Hasta este momento, la victoria está de nuestro lado, pero no será consolidada si no tomamos inmediatamente Zaragoza… Mañana no puede repetirse lo de hoy. En las filas de la CNT y de la FAI no hay cobardes. No queremos entre nosotros gente que se asusta ante los primeros disparos…

A los que han corrido hoy, impidiendo a la Columna avanzar, yo les pido que tengan el coraje de dejar caer el fusil para que sea empuñado por otra mano más firme… Los que quedemos proseguiremos nuestra marcha. Conquistaremos Zaragoza, libertaremos a los trabajadores de Pamplona, y nos daremos la mano con nuestros compañeros mineros de Asturias y venceremos, dando a nuestro país un nuevo mundo. Y a los que vuelvan, después de estos combates, yo les pido que no digan a nadie lo que ha ocurrido hoy… porque nos llena de vergüenza.”

 

Dejo para otro capitulo aparte, todo lo relacionado a su muerte

Fuentes:


Abel Paz “Durruti en la Revolución Española”,

http://es.wikipedia.org/wiki/Buenaventura_Durruti

http://es.wikiquote.org/wiki/Buenaventura_Durruti