Juan Antonio Moran, ojo por ojo y diente por diente

Juan Antonio Morán fue un marinero y esencialmente anarquista, nacido en Rosario, Argentina. Llegó a ser dos veces secretario de la Federación Obrera Marítima, en su tiempo tal vez la organización obrera más poderosa y también dirigió huelgas portuarias que se caracterizaron por su singular violencia

 

Primeros Años

Morán era el prototipo del dirigente anarquista de acción: no de esos directivos que publicaban solicitadas en los diarios. Cuando era huelga era huelga y no admitía “carneros” ni “crujiros“ pero no mandaba a piquetes de huelga y se quedaba en el sindicato, no, salía él mismo a recorrer el puerto, y cuando salía, se calzaba la pistola. Cuando los marítimos remisos en cumplir órdenes lo veían aparecer, dejaban el trabajo de inmediato. Y si no bajaban, los bajaba Morán. En una oportunidad, en un barco en la Boca, Morán vio desde abajo que había un “carnero” trabajando. Sacó la pistola, le apuntó apenas por encima de la cabeza y tiró. El argumento es suficiente. El “carnero” bajó y desapareció a la carrera.

 

Conflicto de La Mihanovich

El 12 de octubre de 1928, Morán se verá envuelto en un hecho gravísimo. Hay huelga. La Mihanovich empleaba todos los medios para vencer a la Federación Obrera Marítima. Reclutaba “obreros libres” que eran protegidos por cuadrillas de la Liga Patriótica y por elementos de choque, muchos de ellos traídos del Paraguay. Los incidentes portuarios se sucedían hora tras hora. El día indicado, por la tarde, Juan Antonio Morán estaba en la sede sindical, cuando dos marineros le avisaron que en un bar de Pedro de Mendoza y Brandsen, estaban los hombres de Mihanovich (más de 30) capitaneados por los paraguayos Luciano Colman y Pablo Bogado. Y que Colman acababa de decir: “Lo estamos buscando a Morán para matarlo”.

Morán escuchó en silencio el relato de los dos marineros y no dijo nada. Segundos después fue a la puerta del sindicato y cambió dos o tres palabras con el agente que en la esquina vigilaba la entrada de los marítimos. Cuando el agente se dio vuelta, Morán se deslizó sin ser visto y minutos después apareció en el bar donde estaba la gente de Mihanovich. Fue directamente adonde se encontraba Colman y le dijo: “Sé que me andas buscando para matarme, aquí estoy, soy Morán”. Ahí nomás comenzó el tiroteo. Se intercambiaron más de 30 balazos. Cuando reinó de nuevo el silencio y la gente tirada debajo de las mesas y detrás del mostrador fue levantando las cabezas vieron los resultados: Colman, muerto; Bogado, herido grave.

Cuando el agente de custodia en el sindicato escuchó los tiros corrió hacia el lugar del tiroteo. Morán volvió a la sede sin ser visto y continuó su trabajo. El herido Bogado denunció que el autor de la muerte de Colman había sido Morán. La policía fue a buscarlo y lo detuvo. Pero la justicia no encontró ningún testigo que lo acuse. Por eso, meses después salió en libertad. Como hombre de acción, Morán buscó a los hombres de acción dentro del anarquismo y fue así como conoció a Severino Di Giovanni, a Roscigna, y a todos los perseguidos por actividades “expropiadoras”. Ese dirigente sindical que durante el día presidía asambleas, o discutía con representantes patronales, por la noche se encontraba con aquellos y le parecía lo más natural planear asaltos o atentados con bombas y salir luego a llevar a cabo lo planeado.

Morán Era audaz en extremo, decidido y capaz de afrontar cualquier situación por difícil que fuese.

Caso Rosasco

Ya en la década del ’30, el presidente Uriburu nombró al mayor Rosasco con el insólito título de “interventor policial de avellaneda”. Porque era Avellaneda, la zona esencialmente industrial y obrera, donde los anarquistas tenían sentados a sus reales. De allí venían las huelgas, de allí venía todo, por eso Uriburu le dijo a Rosasco: “hay que limpiar Avellaneda.” Rosasco hizo unas fabulosas redadas: los celulares se amontonaban cada vez más en Avellaneda. Cada vez que explotaba una bomba en Avellaneda, nueva redada. Aplicaba métodos infalibles: fusilamiento a quien se resistiera. Ley de residencia a los extranjeros y los argentinos los mandaba a parar a la cárcel de Ushuaia.

Morán comprendió que la única salida era buscar a los “expropiadores”. Aquí no había comunicados, protestas, recursos de amparo o de hábeas corpus que valgan, aquí se imponía el mismo método de Rosasco. Del lado del interventor estaba el Estado, con todo su aparato represivo, estaba la sociedad, estaba el miedo de todo un pueblo que por las dudas se ha puesto a marcar el paso. Y enfrente de eso estaba ese grupito cada vez más pequeño de hombres a quien le faltaban sus dirigentes principales: Severino Di Giovanni, fusilado; Pauline Scarfó, fusilado; Miguel Arcángel Roscigna, preso; Andrés Vazques Paredes, preso; Emilio Uriondo, preso; Umberto Lanciotti, preso; Fernando Malvicini, preso; el “capitán” Paz, preso; Eliseo Rodríguez, preso; Silvio Astolfi, herido gravemente; Juan Márquez, muerto a tiros; Braulio Rojas, muerto a tiros, y otros más que habían quedado fuera de combate.

Morán decidió enfrentar a Rosasco. En ese enfrentamiento había una sola cosa que podía favorecer a los anarquistas: el factor sorpresa. Y los expropiadores le dijeron que sí a Morán. Con Morán estarían: Julio Prina, el “nene” Lacunza, el “gallego” Gonzalez y el el “ingeniero” Gino Gatti.

En la noche del 12 de junio de 1931, el mayor Rosasco acompañado del secretario de la comuna de Avellaneda, Eloy Prieto, dejaban la jefatura para correrse a cenar a un restaurante a cuadra y media de la policía. Rosasco estaba muy contento, porque acababa de hacer una redada de 44 anarquistas. En un momento después, fuera del restaurante paró un automóvil del que bajaron los cinco anarquistas. Uno de ellos se sentó en una mesa cercana a la puerta y los otros cuatro siguieron hacia el fondo, como para pasar al patio. En ese momento el mayor Rosasco reía a carcajadas por una broma, cuando de improvisto los cuatro individuos se pararon frente a la mesa. Morán se adelantó, y dirigiéndose a Rosasco le dijo: “Porquería”.

Rosasco se fue poniendo de pie lentamente mientras sus ojos se salían de las órbitas. Morán sacó, con la misma lentitud que el otro se iba parando, una pistola 45 y le disparó cinco certeros balazos, todos ellos mortales. De inmediato emprenden la fuga y, para cubrirla, Julio Prina reparte unos cuantos tiros que hieren levemente a un mozo y a Prieto. Y aquí ocurre otro acto del drama. Al salir, el “nene” Lacunza, trastabilla y cae estrepitosamente rompiendo el vidrio de una de las vidrieras. Sus demás compañeros lo aguardan ya en el coche, creyendo que se trata de un accidente pequeño, pero no era así. Lacunza no se levanta, está muerto. Los Anarquistas vuelven apresuradamente y recogen el cadáver del compañero, metiéndolo como pueden en el auto. Y parten velozmente.
El asesinato había sido un verdadero reto de los ácratas sediciosos contra el gobierno nacional, contra el ejército, contra la policía. Y hubo piedra libre en la investigación. Al primero que agarraron en un allanamiento fue a Vicente Savaresse, era del grupo Tamayo Gavilán y nada tenía que ver con el asunto Rosasco. La policía jamás pudo descubrir quienes fueron los autores aunque siempre sospecharon de Juan Antonio Morán. Y lo condenaron a muerte en ausencia.

Su muerte

Durante el entierro de Morán los anarquistas organizaron una manifestación con oradores, que clamaban indignados por una vindicación por el asesinato. Nunca se esclareció, aunque se supone que fue ejecutado por parapoliciales bajo las órdenes del comisario Fernández Bazán.

 

Fuentes:

Osvaldo Bayer
http://www.alasbarricadas.org/ateneovirtual/index.php?title=Juan_Antonio_Mor%C3%A1n
http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Antonio_Mor%C3%A1n

 

Personas mencionadas:

 

Juan Antonio Morán, Luciano Colman, Pablo Bogado, Severino Di Giovanni, Miguel Arcángel Roscigna, Rosasco, Uriburu, Pauline Scarfó, Andrés Vazques Paredes, Emilio Uriondo, Umberto Lanciotti, Fernando Malvicini, “capitán” Paz, Eliseo Rodríguez, Silvio Astolfi, Juan Márquez, Braulio Rojas, Julio Prina, Lacunza, Gonzalez, Gino Gatti, Eloy Prieto, Vicente Savaresse, Tamayo Gavilán, Fernández Bazán.