Esa costumbre de fusilar, la historia de Joaquin Penina

No todos los fuegos que han aparecido en la historia vinieron para encender. Hay hogueras que apagan, que sólo fabrican cenizas para que ciertas llamas no vuelvan a arder. Por debajo de aquellas cenizas se esconden algunos chispazos que no son más que pedacitos de un relato que habla del presente. En septiembre de 1930 nacía la Década Infame, como se dio en llamarla después. Los protagonistas fueron los militares que al mando del General José Félix Uriburu derrocaron al gobierno constitucional de Hipólito Irigoyen. El episodio que traemos a cuento ocurrió en la zona sur de Rosario, en los primeros días de septiembre.

En una tibia noche que olía a primavera fue cuando se consumó el primer fusilamiento de esta tiranía. Al pie de unos barrancos ubicados junto al puente Saladillo, sin juicio previo ni otras formalidades, fue fusilado Joaquín Penina, un obrero catalán de 29 años que pasaría a ser el primer anarquista ejecutado en Argentina. Meses más tarde, en la Penitenciaria Nacional de Las Heras, Severino Di Giovanni y Paulino Scarfó, los dos enrolados en la tendencia libertaria, correrían igual suerte que Penina. Este hecho ocurrido un 11 de septiembre no sería nada más que el prólogo de una oscura trama que sobrevendría sobre nuestra historia, una sombra que llegó hasta nuestros años más recientes.

La Patota

Poco se habló de Joaquín Penina en aquel septiembre de 1930. Al igual que hoy, muy pocas personas conocían en Rosario su existencia. Recién en 1932, al levantarse el estado de sitio, renace una aparente legalidad y comienzan a oírse las primeras voces denunciando a los chacales.
Entre los principales nombres aparecen el jefe de la Policía teniente coronel Rodolfo Lebrero; el jefe de investigaciones, Félix V. de la Fuente; el jefe de orden social, Marcelino Calambé; el mayor Carlos Richieri; el capitán Luis Sarmiento; el comisario Ángel Benavides. Para llevar a cabo la ejecución fueron violadas todas las disposiciones del bando. A Joaquín Penina no se lo procesó, no tuvo jueces civiles ni militares, no se le permitió defensa ni se le notificó sentencia de muerte. Se le acusó de haber impreso un manifiesto contra Uribubu en su mimeógrafo. El prontuario de Penina ha desaparecido de investigaciones.
Los culpables han querido borrar junto con él a su historia. Los libros, la correspondencia, unos pesos que debía girar a España, todo fue perdido en los laberintos de la policía.

Aquellos fuegos
“-¿Es usted anarquista?
-Sí, soy anarquista.
-¿Por qué?
-Porque amo a la humanidad y a mis semejantes. Aspiro a una sociedad mejor organizada y tengo mis ideas, como usted puede tener las suyas…”
Así declaraba Joaquín Penina frente al interrogatorio de sus verdugos. Sin saber que lo acechaba la muerte. Estas palabras aparecieron en un folleto editado en 1932 por el comité pro preso y deportado de la FORA.

Penina tenía 29 años, hacía seis que estaba en el país, desde que había cruzado los mares dejando atrás Gironella, su pueblo natal. Allí se encontraban sus padres y un hermano a quien debía girarle parte de sus ahorros. En España simpatizaba con las ideas del socialismo anarquista y había participado en sus luchas. Por ello, al llegar a Rosario adhirió al movimiento de la FORA (Federación Obrera Regional Argentina), donde inició sus actividades como propagandista de ideas. “Mi pasión -decía- es distribuir cultura libertaria para hacer conciencia en las mentes poco preparadas…”.

Penina fue detenido en la madrugada del 9 de septiembre, a sólo tres días del golpe militar, cuando una partida policial se presentó en su domicilio de calle Salta 1581 de Rosario. Marcelino Calambé, jefe de orden social, ejecutor de los allanamientos y detenciones, ya se convertía en un temido nombre que auguraba cómo sería la policía de Rosario muchos años más tarde.

Conjuras

Muchas veces la historia o el azar, se empeñan en señalar un mismo lugar en el almanaque donde hablen los presagios.
Hace 74 años, en el barrio Saladillo de Rosario, camino a Pueblo Nuevo, un grito estremecía la noche con acento catalán.
Joaquín Penina, atravesado por las balas, estaba anunciando otros tiempos.


La detención de Penina

El 6 de septiembre de 1930, el general José Félix Uriburu perpetró el primer golpe de Estado en la historia de la joven democracia argentina. En ese momento el joven albañil Joaquín Penina, de 29 años, vivía en una habitación de pensión en calle Salta n.º 1581 (entre calles Presidente Roca y Paraguay).

Poseía una biblioteca en la que convivían obras literarias con diarios y revistas políticas. El albañil catalán prestaba esos textos a sus compañeros o se los vendía a precios de ganga. Esa militancia subterránea, camuflada por una improvisada (aunque no impensada) actitud de bibliotecario, le permitió a Penina entrar en contacto con los cuadros más lúcidos o instruidos del anarquismo rosarino. Trabajó como «canillita» (vendedor de diarios) del periódico La Protesta y como integrante de la Guilda de Amigos del Libro oficiaba de distribuidor en Rosario de literatura anarquista proveniente de España y de Buenos Aires.
El 7 de septiembre de 1930, un día después del golpe de Uriburu, se publicó el bando que disponía «pasar por las armas» a quienes participaran de la difusión de propaganda opositora al gobierno y a las autoridades de facto. En los meses que siguieron al golpe, y aún durante buena parte del año siguiente, comunistas y anarquistas, afiliados o dirigentes gremiales muchos de ellos, serían perseguidos, capturados, torturados en algunas ocasiones, y luego fusilados formalmente y según lo establecido por decreto.
El 9 de septiembre de 1930 Penina fue detenido de manera ilegal (sin registro escrito) junto a dos compañeros suyos, Porta y Constantini. Quizá había un cuarto detenido, de apellido González, desvinculado de toda actividad política.
Penina recibió un único cargo: la distribución de unos panfletos contra el dictador Uriburu. Le adjudicaron la autoría del panfleto y hasta la responsabilidad de imprimirlo. Penina tenía un mimeógrafo, pero estaba roto desde al menos dos meses antes del golpe

 

El fusilamiento de Penina

Por motivos que no fueron esclarecidos (la policía no llevó ningún registro), el 11 de septiembre de 1930, la Policía libera a Porta y a Constantini. En cambio, a Joaquín Penina lo llevaron a los barrancos del río Paraná junto al Puente de Saladillo donde lo fusilaron. El Poder Judicial ―cómplice de la dictadura― rechazó los hábeas corpus y los recursos de amparo presentados por los compañeros de Penina (Oliva, 2006, pág. 23).
A Joaquín Penina lo sacaron de la cárcel con una ambulancia de la Asistencia Pública. Sus compañeros pudieron reconstruir el trayecto: calle Moreno, dos cuadras al este por Santa Fe, Dorrego hacia el sur varios kilómetros hasta calle Ayolas, San Martín al sur, avenida Arijón hacia el río Paraná; después de cruzar el arroyo Saladillo, tomaron un camino de tierra de Pueblo Nuevo hacia el sureste (hacia el río Paraná).
Posiblemente lo fusilaron en las barrancas del Paraná.
El cuerpo de Penina nunca apareció, aunque dos años después una investigación del diario Democracia averiguó dónde fue sepultado como cadáver NN. Este secuestro inauguraría la tradición argentina de las desapariciones forzadas de personas, que alcanzaría su más brutal expresión en los años setenta.

Recorte de diario

Los verdugos

Las autoridades militares que se encontraban a cargo de la Jefatura de Policía al momento del fusilamiento de Penina eran: el teniente coronel Rodolfo Lebrero es quien dio la orden, el capitán Luis Sarmiento, comandante de la quinta compañía del regimiento 11 de Infantería, fue quien comandó directamente el fusilamiento y el subteniente Jorge Rodríguez el que dirigió al pelotón y disparó el tiro de gracia a la cabeza del fusilado.
El capitán Sarmiento, que dirigió el fusilamiento, murió en un atentado en el año 1932 cuando viajaba por una ruta provincial de San Juan hacia El Marquesado. Según la investigación de Quesada, el auto del Capitán fue interceptado por dos personas que lo apuntaron con armas y le gritaron: «¡Acordate de Penina!».

La investigación

Abierta la compuerta que controlaba la dictadura, comenzaron a trascender hechos y recursos legales. En primer término nos interesa destacar una nota del corresponsal del diario La Provincia, enviada desde Rosario:

A raíz de la minuta de comunicación sancionada, por la que se disponía solicitar de la Asistencia Pública y de la Oficina de Defunciones, la participación que tuvieran en el sepelio de los restos del obrero Penina, ajusticiado por orden del teniente coronel Lebrero, en cumplimiento del bando del gobierno provisional, concurrió a la municipalidad un sepulturero de La Piedad, declarando que él había intervenido en la inhumación de los restos.
Nota del diario La Provincia (Santa Fe), 5 de marzo de 1932

 

Videos

http://www.youtube.com/watch?v=c2js_cgwRn4

Fuentes:

http://www.alapalabra.com.ar/
http://es.wikipedia.org/wiki/Joaqu%C3%ADn_Penina
http://dosorillas.wordpress.com/
http://revistaresistencia.blogspot.com.ar
http://edant.clarin.com/diario/2006/01/26/policiales/g-04001.htm
http://books.google.com.ar/books?id=8vdDf3TiHHAC&pg=PA32&lpg=PA32&dq=El+fusilamiento+de+Penina+aldo+oliva+biblioteca+vigil&source=bl&ots=N69UwClUYG&sig=dEWi8eRacCH6Pzn42tQKH3Y6YVY&hl=es&ei=mC_ITvb-C4fv0gGnlPnuDw&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=16&ved=0CH4Q6AEwDw#v=onepage&q=El%20fusilamiento%20de%20Penina%20aldo%20oliva%20biblioteca%20vigil&f=true
libro de Fernando Quesada “1930. Joaquín Penina: primer fusilado

Personas mencionadas:

Joaquin Penina, Rodolfo Lebrero, Felix de la Fuente, Marcelino Calambé, Carlos Richieri, Luis Sarmiento, Ángel Benavides, Juan Martín Cerdá Castillo, Fernando Quesada